08 septiembre 2017

Este Jueves, Relato: Héroes, Heroínas y similares

Esta semana nos propone nuestro compañero Ibso que hablemos sobre héroes y demás. Allí podréis encontrar más participaciones. Aquí os dejo la mía.

Limpiar el polvo de la casa. Ir a la compra porque hacen falta bebidas para la barbacoa del fin de semana. Después ir a por los niños al colegio. Comida y actividades extraescolares: baloncesto la niña y música el niño. Ya después los recoge Jennifer.

No está mal para un miércoles cualquiera, pensó Bruce. Esa fue la última lista de tareas del día que apuntó en su libreta antes del holocausto final que vendría después.

Desde hacía unos diez años, Bruce, Bruce Wayne, se levantaba por las mañanas, preparaba el desayuno para Jennifer y los niños y los despedía en la puerta cuando cogían el autobús para el colegio y el coche para ir a trabajar. Jennifer trabajaba de fiscal en la Corte Superior de Gotham, tenía un buen sueldo con el que podía mantener a su familia. Una vez eliminado Joker, El Pingüino, Espantapájaros, Blackmask y todos los demás, acordaron que Bruce se quedaría en casa. Si alguna vez lo llamaban de la alcaldía, podría continuar con las actividades que había estado realizando. No hizo falta: la guerra con Corea, con Siria, las revueltas africanas y la invasión rusa de China, tenían entretenidos a los villanos.

Aunque salía a correr y hacía pesas, había cogido unos kilitos y perdido agilidad. No era el de antes, los cuarenta se notaban en todo. Jennifer era comprensiva y no hablaban mucho sobre el tema, pero…

Así que cuando aquel último villano, salido de no se sabía dónde, se dispuso a destruir Gotham y después el resto de Estados Unidos para gobernar el mundo libre, Bruce no pudo hacer nada en absoluto para evitar el desastre. Todo lo demás que ocurrió desde entonces es de sobra conocido.

07 julio 2017

Este Jueves, Relato: Juegos y Juguetes

Este jueves-viernes nos invita Molí del Canyer a jugar (en el enlace están los participantes). Así que, después de mucho tiempo sin participar, me animo y les iré comentando según pueda...además me he pasado un poco de palabras, espero sepan disculparme...

Las dos niñas de la casa del final de la calle nunca jugaban con nosotros. Nunca o casi nunca salían. Perico que era el que sabía de todo esto, decía que eran deformes y por eso su madre no las sacaba por el pueblo, que las tenía vestidas de negro y que llevaban una de esas cosas para la columna que te estiran el cuello como una jirafa.
No nos gustaba acercarnos a la portada de madera de la casa ni a la puerta en la que el único movimiento era el de una cortinilla de macarrones que tenían para que no entrasen las moscas. Cuando jugábamos al fútbol y se nos escapaba la pelota íbamos a recogerla y volvíamos corriendo por si acaso. Yo creo que alguna vez las vi asomadas a las ventanas del piso de arriba, largas y delgadas.  Estarían tristes, pensábamos, sin poder jugar, todo el día en su casa, rezando y comiendo y durmiendo. Porque tampoco iban al colegio. Ni siquiera a misa. Don Severiano, el maestro, siempre decía que sentía pena por aquellas criaturas y que ellas no tenían culpa.
Nosotros no sabíamos. Quizás nuestros padres supieran, porque nos decían que no jugáramos al final de la calle. Así que nosotros, más por miedo que por otra cosa, apenas nos acercábamos. Bueno, menos Perico y Juan que a veces nos decían que las habían visto detrás de los cristales oscuros y que tenían los ojos negros. Y se acercaban y movían la cortina de macarrones o tocaban en la puerta y salían corriendo. Aparecía entonces una vieja, muy vieja para ser madre, y nos gritaba que los dejásemos en paz. Perico y Juan volvían muertos de la risa o del miedo. Y las dos niñas arriba, mirando muertas, de envidia o de rencor como el resto del mundo jugaba y corría. Y ellas llevando su cruz negra. O morada, como la que una mañana apareció enorme pintada en su fachada blanca, apenas un juego macabro.
Quizás salieron de madrugada. Nada oímos. Apenas el ruido de un motor que chisporroteaba alejándose. Los balonazos siguieron sonando en el callejón. Perico y Juan tocando la puerta. Pero nada. Silencio solo roto por el balanceo plástico de la cortina seca. Y arriba quizás (solo quizás) la mirada negra de las dos criaturas tras los cristales.


25 junio 2017

Cumpleblog

Se me caen las letras en este blog desde hace ya mucho tiempo. Doce años en concreto en los que ha habido de todo un poco, como en botica.
Espero poder celebrar muchos más y que este pueda seguir siendo mi pequeño laboratorio de ideas. Así que gracias a todos por estar ahí, por seguirme, por criticar. Este cumpleaños es tan suyo como mío.
Y particularmente quiero agradecer a mis amigos jueveros, su acogida, convocatorias y palabras, letras y ánimos porque, aun con falta de tiempo para participar en los últimos tiempos, han dado a este blog un nuevo impulso.
Brindo por ustedes y me voy con los cascabeles a otro lado...de momento...
Suyo siempre...
El ´último bufón...

24 febrero 2017

Este Jueves Relato: Historias de una escalera

Este jueves nos invita Charo a escribir sobre historias de una escalera. Ahí va mi participación.



Han clausurado la escalera que no lleva a ningún sitio. Era el segundo monumento más visitado, detrás de la colegiata del pueblo. Bueno y del castillo y la muralla. En realidad, pues, el tercero más visitado.

Esta fue otra de las muchas ideas que tuvo el alcalde C. Ontalba para situar al pueblo en el mapa. Porque, desde que se abandonó la explotación masiva de la colza, el pueblo había ido dando bandazos y lo único que quedaba a los viejos era saber cuándo se iban a morir y cuánto tiempo después de su muerte, aguantaría el pueblo. Quizá lo que tardasen en caer las piedras de la muralla o del castillo.

De alguna de esas piedras de mampostería se hicieron los escalones. De acero una cordada para evitar que alguien pudiera caerse a los lados. Y, al coronar el último escalón, nada. Solo el paisaje infinito de la meseta. Se veía allá abajo, el mapa con las fronteras entre fincas, el viejo palomar, el silo y más lejos otro pueblo maldito.

Así que, cuando llegabas arriba, podías quedarte mirando extasiantes atardeceres o tirarte, lo mismo daba. A muchos chicos del pueblo les gustaba quedarse horas sentados comiendo pipas con los pies colgando. O dando pequeños besos a sus novias.

Los de fuera, tras visitar la colegiata y el castillo, subían por la escalera a ver a qué misterioso lugar los llevaba, y eso que con el tiempo se puso una plaquita con información “Escalera que no lleva a ningún sitio” (año de construcción y autor-artista). Pero la gente seguía subiendo quizá para confirmar la anomalía o no.

La escalera se hizo famosa en la comarca y en la región. En algún momento incluso había cierta cola para visitarla. Aunque lo que ha determinado su clausura ha sido, sin duda, el que adolescentes y no tan adolescentes adoptaran la costumbre de venir a suicidarse a la escalera. Ese supremo acto romántico quedaba mucho mejor en un atardecer del mes de septiembre desde la escalera. Aún fue peor con la crisis. Así que por decreto y por la noche, se tapió y así seguirá hasta nueva orden o hasta que se hunda, como el castillo o la muralla.


14 enero 2017

Este Jueves Relato: ¿Juegas Conmigo?

Soy el mejor portero del barrio. Soy el mejor portero del barrio, no paraba de decir y repetir a todo el mundo con el que me cruzaba. Padres y madres de mis amigos me miraban extrañados. Llevaba medio cuerpo y cara amarillos de la tierra de albero con la que estaba cubierto el jardín, las rodillas medio desolladas, pero aquella tarde había hecho paradas antológicas, estiradas increíbles (esto lo decían mucho por la radio) y había mantenido mi meta a cero, a pesar de que el equipo del Pigüi era mucho mejor que el nuestro.

Pigüi era un chico desgarbado que vivía en unos pisos de militares que había cerca de nuestro edificio. Siempre que bajaba a jugar lo hacía con su camiseta de Arconada. Parecía un pajarillo (creo que era por su nariz picuda) y había elegido ser portero, el más ingrato de los trabajos de un equipo. Sería el mejor del barrio. Hasta aquella tarde.

Dos a cero y la sensación de ser imbatible, el mejor portero del mundo. Sobre todo cuando el Pigüi se acercó y me dijo que ahora sí que podía ir diciendo por el barrio que yo era el número uno.

Ese duelo con el sol de verano cayendo con lentitud sobre la ciudad hizo que en todos los partidos que hubo después, todos los equipos del barrio quisieran ficharme para jugar con ellos. Yo no quise, fui en todos con mis amigos, todas las demás tardes, todos los demás días de ese verano, porque el mundo era ese lugar redondo como la pelota oficial con la que pasábamos las horas. No existía nada más, bueno sí, el hambre con la que luego subíamos a casa a cenar el bocadillo.


Más en donde Censuras

10 enero 2017

Reseña

Charo Cortés Sánchez y yo fuimos compañeros del taller de cuento de la Universidad Popular de Aranjuez. Pues bien, he tenido la suerte de que haga una reseña de mi libro de relatos en su blog. No puedo sino agradecerle la atención y, por supuesto, las palabras que dedica al libro y a mí personalmente. Desde aquí se lo quiero agradecer públicamente. Me alegro mucho de que le haya gustado. Da gusto recibir semejantes halagos de una escritora enorme como ella es. 
Os dejo el enlace a su reseña. Lo dicho, un placer.

¿Quieres que te cuente?

Por cierto se puede adquirir en:

Diego Marín

Amazon

09 diciembre 2016

Este Jueves, Relato: Perdidos

Esta semana nos convoca nuestra amiga Charo a que hablemos de Perdidos. Ahí va mi participación


Yo nada más que salí a dar un paseo. Pensé que me vendría bien un poco de aire fresco en la cara. Así que, cuando llegaste por la tarde cargada con bolsas de El Corte Inglés, te di un beso en la mejilla, te dije que el nene estaba arriba en su habitación haciendo los deberes y salí. No me llevé llaves porque no pensaba volver muy tarde. Cogí el pequeño tarjetero con algunas monedas por si me apetecía comprar tabaco y echar un pitillo.

Sin darme cuenta había llegado hasta la estación de autobuses que, como sabes, está a las afueras. Estaba sentado en un banco junto al andén 6 cuando llegó el autobús que va para Madrid. Bajaron dos viejos y subieron unos cuantos jóvenes, supongo que estudiantes hacia la capital. Decidí cogerlo.

En la estación de Méndez Álvaro decidí que cogería el autobús que llegara al andén 14. Me bajé en un pueblo perdido de la provincia de León, no recuerdo su nombre. Anduve unos días por la provincia. Y cogí, creo, dos o tres autobuses más. Veía pasar los carteles verdes de cambio de provincia casi con la ilusión de un niño pirata aventurero. A veces me acordaba del fru-fru de las bolsas con las que entraste aquella tarde en casa y un leve cosquilleo en los labios me recordaba aquel beso fugaz y casi embustero que nos dimos en la mejilla.

De eso hace ya tres años. Y sigo sentándome en los andenes a elegir un número y esperar el autobús que salga. A tomar un café a toda prisa para no perder el coche. A mirar las caras de la gente cuando ya estoy en mi asiento. Gentes pobres como yo, como lo éramos nosotros.


Creo que con cada autobús que cojo dejo atrás un poco de tristeza y desidia, como jirones de niebla gris y húmeda. También he dejado de fumar. Dejó de gustarme ese sabor agrio y seco de los Lucky Strike. No sé, ¿qué más?

28 octubre 2016

Este Jueves Relato: Atraviesa la puerta y empieza tu historia

Llevo mucho tiempo sin participar y no sé si podré comentar a todos...lo intentaré...pero siempre me gusta participar de las primeras convocatorias de los compañeros, así que ahí va mi participación. Gracias. Más puertas en lo de Pedro Pablo


Todo cambió aquella mañana que el abuelo se dejó las llaves dentro de casa y se le cerró la puerta por una ráfaga de viento. Y eso que la puerta pesaba lo suyo con su madera vieja y sus clavos. Tendría cien o doscientos años. Como los que puede tener el abuelo ahora.

Entonces tenía por costumbre salir a leer el periódico al calorcito del sol en la puerta. Y a ver pasar a la gente que iba para el mercado o para el centro del pueblo. Nunca se salía con las llaves. Tampoco aquella mañana, porque la abuela solía estar dentro en la cocina. Llamó pero hacía tiempo que no había nadie para abrirle la puerta. Dentro el silencio solo era roto de vez en cuando por el timbrazo del teléfono.

Al principio se preocupó e intentó buscar alguna solución al tema. Al principio, algún vecino le preguntaba e intentaba ayudar, pero por poco tiempo. Con el paso de las horas y los días, el abuelo se sentó a esperar, quizá otra ráfaga de viento pudiera abrir la puerta o los chicos pasaran a echarle un ojo al ver que no contestaba al teléfono. Pero nada. Seguía esperando pacientemente (el abuelo siempre ha tenido una paciencia infinita, incluso cuando lo de la abuela).

Hasta que un día se le ocurrió si no sería capaz de entrar otra vez en la casa por las bravas. Se levantó de su silla baja de anea, la apartó. Cogió toda la carrerilla de que era capaz con tanta edad y le dio un empujón enorme a la puerta. Esta no se movió ni un milímetro. Pero él se encontró dentro, en el recibidor de la casa. ¡Toma! Y sin las llaves. Todo podría volver a ser como antes. Volvería a encontrar a su Sole en la cocina haciendo sus cosas y, él volvería a retomar sus viejas costumbres. Aunque lento, ahora podría entrar y salir de casa a tomar el sol sin tener que preocuparse por las llaves. 

01 septiembre 2016

Libros, letras...amigos

Al final un nacimiento siempre es una buena noticia y más para el autor. Pues bien, este es el caso. Gracias a Yagruma Ediciones ya está en la calle mi primer libro de relatos "Yo maté a Niño Funky y otros relatos".
Una maravillosa experiencia o como también he oído por ahí, una maravillosa vorágine. Atrás quedan correcciones, pruebas y todos los ajustes precisos para que todo quedase como finalmente ha sido. Un maravilloso resultado que espero que se lea, que guste y se critique...un libro de batalla para casi todos los públicos. Gracias.

Os dejo el enlace a Amazon por si alguien está interesado en su adquisición.

Gracias de nuevo, a todos los que han hecho esto posible

01 julio 2016

Este Jueves Relato: Reencuentros o Desencuentros

Esta semana nos invita Juan Carlos a contar encuentros, desencuentros o reencuentros...pues ahí va el mío.

Apenas dos minutos después de haber bajado del tren, vio el convoy alejarse. ¡Qué vieja que estás! La estación de El Carmen llevaba casi un siglo sin ser remodelada y las maderas de los tejadillos ya necesitaban una mano de pintura. Algo parecido ocurría con los hierros modernistas que sostenían toda la estructura. El verde de antaño se había perdido. Solo el reloj lo mantenía intacto. Era lo único que parecía nuevo en todo el conjunto.

¡Tú tampoco eres ya un jovenzuelo! Tenía a su lado un pequeño trolley rojo en el que ahora caben todas sus pertenencias. Estaba encorvado y goterones de sudor comenzaban a caerle por todos lados. La tarde tenía ese color amarillo barro que tienen las tardes por aquí en verano. Se sentó en un banco a esperar. Miró los viejos edificios de oficinas y las antiguas casas de los ferroviarios ahora abandonados. Un poco más allá, los nuevos de ladrillo naranja que comenzaban a oscurecerse por los humos. Pensó en su barrio del centro, en las calles estrechas y los pisos amplios en los que ahora en verano uno casi podía colarse en los salones y salitas de estar de los vecinos. Aunque quizás ahora con los aires acondicionados…Se miró los pies hinchados y volvió a mirar pequeños desconchones en la pintura del techo.

No sé. Puede que no estés aún arreglada para que te vea. Prefiero verte como te recordaba. Ya lo sé, yo tampoco estoy como antes, por eso no tenía espejos en casa, para no mirarme.

No había llegado aún su hijo para recogerlo, cuando apareció por el final de las vías el Talgo con destino a Barcelona. Compró un billete y se subió. Con el fresquito del aire acondicionado y los primeros traqueteos, se quedó dormido.


Fuera, la ciudad vieja ardía. Y las palmeras y limoneros comenzaban a difuminarse con la velocidad.