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27 junio 2024

Solsticio

 

Por casualidad a las cuatro y veinte de la tarde, levanté la mirada. Por casualidad a esa hora se te cayó o dejaste caer, no recuerdo bien, el tirante del vestido de flores que llevabas.  Pero volvimos a posar la mirada sobre los libros. El motor del aire acondicionado sonaba fuerte en ese rincón aislado de la biblioteca de letras. Su ruido continuo daba sueño y ganas de acurrucarse. Te pusiste la rebeca sobre los hombros. Siempre la llevabas en el bolso para estudiar porque en algunas salas hacía frío.

A eso de las cinco y media acabé el enésimo repaso al temario para el próximo examen. Tú me dijiste que también habías acabado tema y que podíamos bajar a tomar un café. En la puerta de salida una bofetada sofocante nos recordó que estábamos en junio. Debíamos atravesar rápido el patio de la facultad para ir a la cafetería, pero en lugar de eso, giramos hacia la puerta de salida del campus y cruzamos hacia un parque que había enfrente. Paseamos entre los tilos y las jacarandas hasta un banco alejado en el último rincón del jardín. Me senté. Tú te sentaste sobre mí y me echaste los brazos por encima. Noté cómo se te subió la falta hasta el límite de los muslos. Miraste rápido hacia atrás y la volviste a bajar. No era el momento. Reíste. Arrimaste el hombro a mi cara y con los dientes te deshice el nudo del vestido. Saltó con facilidad, como deseoso y dejó al aire el tirante transparente del sujetador. Miré por encima buscando el lunar que tenías encima del pecho. Lo encontré y lo besé. Shhhhh…dijiste. ¿No te apetecía un café? Con hielo, te contesté. Sonreías mientras volvías a atar el hilo de algodón del vestido.

Tomamos el café rápido y volvimos a la sala de historia antigua. A nuestros libros. La sala estaba prácticamente vacía. Los exámenes estaban terminando, la biblioteca y la universidad sacaban su verdadero rostro, el que no veíamos el resto del año: el de un desierto amarillo, huero e inhóspito. La tarde caía lenta y anaranjada.

De repente oí un carpetazo. Tras el respingo, levanté la vista y ahí estaban tus dos ojos de gato mirándome. Recogimos todo lo rápido que pudimos y salimos de la biblioteca, del campus, de la facultad, como huyendo de una quema. Con hambre.

Nos fuimos alejando del centro. No había casi nadie por las calles y nosotros íbamos probando algún portal que estuviera abierto, fuera lo suficientemente oscuro y nos conviniera. Tanteamos los de un edificio moderno con los descansillos frescos de mármol. Subimos hasta el último piso, pero lo desechamos al ver que estaba abierta la puerta que comunicaba con la azotea. En otro de ladrillo rojo logramos que un vecino nos abriera a la voz de “soy yo”. Pero salimos pronto al oír la puerta que se abría y el ascensor que bajaba. Efectivamente estaría esperando a alguien y bajó a buscarlo con la misma urgencia con la que tú y yo pasamos al portal. Nos metimos en otro de unas viviendas sociales de esas de los años sesenta, pero frente a frente en una pared, no dejábamos de escuchar gritos y risas de niños, voces de madres llamando para la cena, padres gritones que discutían con la televisión a un volumen muy alto. Mientras entrábamos o salíamos de los portales, algún escarceo, beso, o roce se desgranaba fresco. Reíamos y acelerábamos el paso por las calles, mientras el horizonte no terminaba de tragarse al sol. Las sombras no eran suficientes. Apenas hablamos en el trayecto. A veces íbamos cogidos de la mano. Tú tirabas fuerte. Yo cargaba con la mochila llena de libros. A veces te tocaba un brazo perlado con las primeras gotas de sudor. A veces, es agotador no follar.

Llegamos a nuestro barrio, cerca de nuestras casas. A portales conocidos y ventanas de miradas indiscretas. Ralentizamos el paso. Nos soltamos de la mano. Mirábamos al suelo. Volvimos a hablar. Íbamos pisando una alfombra de flores de jacaranda, como esta tarde. Ya no hacía tanto calor para nada. Nos sentamos en un banco y te devolví los libros. ¿Sabes qué es hoy?, me preguntaste. Pues no, dije. El día más largo, la noche de San Juan. Hay que hacer hogueras y quemar todo lo malo. ¿Bajarás luego a la que hagan en el barrio? Pues no lo sé, me temo que a veces los sueños se queman antes de cumplirse. Y nos despedimos. De lejos oí como sonaba el timbre del telefonillo y se abría el portal, pero no pasamos.  


Por cierto que este blog, cumple 19 años...mal que bien, los artesanos, seguimos al pie del cañón. 

31 julio 2023

Descanso (Dvorak)

A Dvorak le gustaba componer en las tardes de tormenta. Disfrutaba con una emoción infantil viendo acercarse las nubes, cirros, cúmulos y nimbos. Grises y morados con sus formas redondas. Al resto de la gente del pueblo le daban miedo y comenzaban a correr como si fuera 31 de julio, encerraban a las mulas, los arados, las gallinas y a los niños que corrían sucios por los andurriales.

 

Con las primeras acometidas, Dvorak cogía un gabán verde que tenía y salía a esperar a los elementos. Y veía. Y escuchaba. Un relámpago y un trueno. El sonido de las gotas al golpear contra el barro del suelo. Un par de notas. El hueco que dejaban. Una corchea. Otro relámpago, otro trueno. El viento que venía a unirse a la melodía. El grito de un aldeano. Las maderas del carro que crujían en el camino de vuelta a casa de las labores del campo. El frío, la soledad. De repente, el silencio. Y todo explotaba, los violines, los violonchelos in crescendo, timbales, platillo y oboes que seguían el irregular ritmo del agua y el viento. Las hojas de los árboles que se doblaban con la fuerza de la música…viento, viento, el bajo. Una flauta travesera y un flautín distorsionan el aire. Son el vuelo de dos pájaros rezagados. Llevan prisa de ciudad.

 

Al joven Dvorak se le moja la barba y el escaso pelo que aún le queda en la cabeza. Se protege bajo los árboles que hay frente a su casa y cierra los ojos. Hay un tono discordante. Abre los ojos sobresaltado. La obra no es perfecta. Se ha formado una pequeña charca y un sapo ha croado. En un segundo da al traste con todo. La lluvia furiosa ha dejado paso a una cortina suave y fresca que apenas acompaña los pasos. Aquí, una fuga, piensa. Huyen las nubes. Tendrían que descender los instrumentos por secciones, pero no termina de verlo claro. El “croac” del sapo le taladra la cabeza y hace que casi olvide todo lo que había memorizado antes. Mira a la charca y allí está. Quieto y orgulloso. Creador.

 

Dvorak está completamente mojado y furioso. Tanto que, por un momento, ha pensado continuar caminando y seguir los pasos de la tormenta. Deshecha pronto la idea porque está anocheciendo. Ve salir humo de la chimenea del salón y de la de su cuarto de trabajo. Anna la habrá encendido en espera de la calma compositiva que siempre suele llegar tras la tormenta. Aún no sabe que Antonín Leopold Dvorak, como lo llama cuando se cabrea con él, ha decidido mudarse a un sitio menos húmedo, de música y notas más astringentes. Van a marchar por un tiempo a Estados Unidos. Lo invitaron hace no mucho y esa misma tarde protegido bajo los árboles ha decidido que irán. Quizá no haya sapos, ni se formen charcas de la nada que hagan saltar notas discordantes. Quizá mi música sea más seca, diminuta, más marrón; para cuartetos de cuerda. Aún no lo sabe. Tendrá que escuchar y ver. Cambiar de rutinas y rituales. Será largo quizás, como un atardecer de verano

31 mayo 2023

Lluvia

 

Pues parece que va llover, dijiste. Un trueno hizo temblar todo. Primero uno, luego otro, y otro más…comenzaron a caer goterones gordos de lluvia. Casi hacían daño. Abriste el paraguas azul con las estrellitas de la Unión Europea. Por un instante, todo sobre nuestras cabezas volvió a ser azul. Nos resguardamos. Me tengo que marchar. ¿Te dejo el paraguas? No hace falta, contesté. Esto es una de esas tormentas que dura apenas lo que una relación. El llavero que usas era muy grande para los vaqueros ajustados que llevabas y te costó sacarlo. Pero al final entraste en tu portal.

Comencé a andar calle abajo pegado a las paredes de los edificios. Más gotas gordas y más lluvia. Paré en otro portal. Por el asfalto de la calle comenzó a bajar un poco de agua de color parduzco. Luego un poco más. Esto deja las calles muy limpias, pensé ingenuo.

El agua arrastraba pequeñas piedras, hojas y otras partículas negras que no sabía lo que eran. La lluvia me recordaba a la que yo vertía sobre las macetas con una regadera, o la de la ducha. Por la calle seguían pasando restos de cosas que antes habían estado en otros sitios. Más ramas, más palos, papeles, quizás cartas de amor o declaraciones de la renta antiguas que alguien habría tirado en el contendedor azul del reciclaje. El cielo seguía violeta. Algunos curiosos miraban desde detrás de los cristales. Alguien encendía una luz amarilla en un tercero enfrente.

La corriente era cada vez más fuerte, pasaban más cosas, más grandes, a más velocidad sobre el agua marrón. Ya he dicho el color, ¿verdad?

Y yo estaba parado, quieto a resguardo, o eso creía, en un portal cualquiera con un número 27 dorado encima y unos telefonillos Golmar viejos. Pensé en llamar para que me abrieran. Soy yo, y pasar.  

19 mayo 2023

Polvo

 

Drogarse es un acto íntimo. Es como el mejor de los polvos. Y como ya no te gusta follar en lugares públicos, aunque lo has hecho (como drogarte) y te ha encantado esa sensación de caza furtiva, la urgencia de buscar un lugar oscuro y la penetración, de la aguja o de la polla, ahora buscas la paz de casa, un sillón cómodo en el que derrumbarte y dejarte llevar.

Esperar a que todo el mundo se haya ido de casa, para subir al piso de arriba. Ir a la habitación que hace de despacho y a su librería caoba. Libros de Martín-Gaite, Valle-Inclán, Tribuleac, Cartarescu, Shakespeare y, detrás, la cajita metálica con los aperos, la jeringuilla y las agujas encapsuladas en su plástico verde. Preparas el algodón, unas mini toallitas con alcohol que compraste en la farmacia, muy prácticas para las pequeñas heridas, dijiste en su momento a los niños.

Un poco de polvo blanco en una cucharilla vieja de alpaca que tenía tu madre en la vieja casa, que te empeñaste en traer de recuerdo y ahora hace las funciones de dosis perfecta para funcionar. Viertes unas gotas de limón y prendes la llama del mechero debajo de la cucharilla que empieza a borbotear y a licuarse. Te recuerda al caramelo del fondo de las flaneras. Cada burbuja es pura magia química.

Ya con la aguja puesta, acercas la jeringa a la cucharilla y haces que absorba dócilmente el mejunje pardo. Te bajas los pantalones y buscas la corva, pizcas con dos dedos la vena y clavas el picotazo. Cruje la piel como una galleta rancia. Aprietas el émbolo y desaparece dentro para siempre el líquido dentro del cuerpo. Explota y se deshace todo alrededor. Dejas caer la jeringuilla, la cuchara y los brazos. El gato mira raro y se agita. Todo es blanco, suave, ácido y doloroso. Como el mundo, piensas. Y te duermes.  

01 mayo 2020

Instrucciones para dormir un elefante

Tengo un elefante en el patio. Come bien y está todo el día entretenido. Pero le cuesta dormirse. Por si vosotros también tenéis ese problema, os voy a contar lo que hacemos en casa para que se quede durmiendo.
Yo empiezo a dormirlo cuando cae el sol. Antes no es posible. Si el sol no ha caído aún del todo o se ve alguna rayita naranja en el cielo o el horizonte (que supongo que él lo verá desde su altura) no hace el más mínimo esfuerzo por dormirse. También creo que nota el momento en que dejan de piar los pájaros, se pone de rodillas y barrita.
Es entonces cuando hay que empezar a acariciarle la trompa. Como ya es de noche, hay que darle hojas de tilo un poco machacadas y comenzar a susurrarle. Le tienes que rascar las orejas por detrás también. Cuando nota que los dedos comienzan a moverse, termina de tumbarse. Hay que sentarse a su lado. Al nuestro le gusta que le contemos historias de otros lugares, pero no de selvas y lejanas sabanas repletas de árboles altos llenos de hojas de los que comer. Le gusta que le contemos historias de ciudades, de por qué se encienden en rojo los semáforos, de qué son las carreteras, las calles, los coches y los edificios. Le hablamos de Nueva York, Moscú, Helnsinky... Nunca hemos estado y la mayoría de las cosas nos las inventamos.
Mientras tanto seguimos rascándole detrás de la oreja, le damos pequeños pellizcos en la piel. Si la historia es buena, lo suficiente como para que no le interese, y el tono de voz el adecuado, comienzas a ver cómo las pestañas le pesan, se le cierran los ojos. Y resopla.
También le interesan mucho las costumbres de los humanos, lo que hacemos, por qué siempre vamos corriendo a todos sitios y vivimos en sitios tan cerrados y oscuros; por qué vivimos de día y también de noche... Pero con estas historias tarda más en dormirse, pone más interés, quiere escucharlas por más tiempo. Pero, entonces, bajando el tono de voz poco a poco, se consigue que el sueño también le venza. Estira la trompa, recoge un poco las patas y se pone a roncar como un bendito.
La enorme contracción de su torax me mueve cada vez más despacio. Noto que se ha quedado profundamente dormido. Despacio, comienzo a separarme de su lado para que no noté que me estoy yendo y de puntillas, me separo de él. Hasta el día siguiente. 

23 septiembre 2018

Sed

Aquella mañana estaba la niña jugando con una muñeca de trapo y barro, como muchas otras en las que no iba al colegio y se dedicaba a ayudar a madre con el baldeo de la puerta o a intentar echar las moscas de la casa, lavar la ropa de los más pequeños o ir a por agua. 

El pozo estaba a unos cuatro kilómetros, cerca de la cantina y del colegio. Muchas mañanas, dejaba los cubos con agua en la puerta y pasaba a alguna clase. Se estaba un rato repitiendo las lecciones y, cuando los niños iniciaban el rezo antes de salir al recreo, marchaba corriendo para llegar a casa antes que él o para no cruzarse con él por el camino. Si la veía, la llamaría y tendría que acompañarlo baboso y borracho hasta casa. Y se demorarían un poco en el bosque, junto a los heliotropos, a pesar de que su madre le tuviera dicho que no tardara y que no se entretuviera con nada ni con nadie. Aunque ella pensaba que mamá se refería solo a desconocidos. Pensaba que mamá no la regañaría si, al final, no derramaba el agua y llegaban los baldes casi llenos. 

Él llegó borracho y mojado. Fuera caía aquella lluvia fina que iba poco a poco desgastando las almas hasta convertirlas en regueros de muerte lenta. Se tambaleó y se echó encima de la niña. La agarró de la muñeca derecha y tiró de ella hacia la puerta del chamizo. La niña soltó un pequeño quejido. La madre se interpuso entre ellos y la salida. Él le escupió toda su desgracia y, de un puñetazo en la nariz, la apartó. Al caer el pelele, una luz blanca lo cubrió todo por un segundo. 

Y salieron. Y seguro recorrerían la senda embarrada de vuelta a a la cantina. Y allí estaría D. José, que miraría los enormes ojos negros de la niña, muy abiertos, como de muy saber. La cogería de las manitas y lo invitaría a él a un trago como anticipo. Don José era bueno, eso le había dicho siempre su padre. Y eso le decía él a la niña. 

Él se acodaría en la barra, como muchas mañanas en las que salía de casa muy temprano y llegaba muy tarde. Y de vuelta, oiría los rezos de los niños en el colegio, cada vez más lejanos, antes de que salieran al recreo. Sudaba y seguía teniendo sed. 



08 septiembre 2017

Este Jueves, Relato: Héroes, Heroínas y similares

Esta semana nos propone nuestro compañero Ibso que hablemos sobre héroes y demás. Allí podréis encontrar más participaciones. Aquí os dejo la mía.

Limpiar el polvo de la casa. Ir a la compra porque hacen falta bebidas para la barbacoa del fin de semana. Después ir a por los niños al colegio. Comida y actividades extraescolares: baloncesto la niña y música el niño. Ya después los recoge Jennifer.

No está mal para un miércoles cualquiera, pensó Bruce. Esa fue la última lista de tareas del día que apuntó en su libreta antes del holocausto final que vendría después.

Desde hacía unos diez años, Bruce, Bruce Wayne, se levantaba por las mañanas, preparaba el desayuno para Jennifer y los niños y los despedía en la puerta cuando cogían el autobús para el colegio y el coche para ir a trabajar. Jennifer trabajaba de fiscal en la Corte Superior de Gotham, tenía un buen sueldo con el que podía mantener a su familia. Una vez eliminado Joker, El Pingüino, Espantapájaros, Blackmask y todos los demás, acordaron que Bruce se quedaría en casa. Si alguna vez lo llamaban de la alcaldía, podría continuar con las actividades que había estado realizando. No hizo falta: la guerra con Corea, con Siria, las revueltas africanas y la invasión rusa de China, tenían entretenidos a los villanos.

Aunque salía a correr y hacía pesas, había cogido unos kilitos y perdido agilidad. No era el de antes, los cuarenta se notaban en todo. Jennifer era comprensiva y no hablaban mucho sobre el tema, pero…

Así que cuando aquel último villano, salido de no se sabía dónde, se dispuso a destruir Gotham y después el resto de Estados Unidos para gobernar el mundo libre, Bruce no pudo hacer nada en absoluto para evitar el desastre. Todo lo demás que ocurrió desde entonces es de sobra conocido.

30 octubre 2015

Este Jueves, Relato: Los Olores

Esta semana nos invita Dorotea a hablar de la magia de los olores. Después de unas cuantas semanas sin participar y, aunque no me gusta el relato que he hecho, he considerado mejor participar. Ahí va mi aportación 



Nunca podría dejarte. Creo que no podría empezar con nadie que oliera de manera diferente a como tú lo haces. No podría acostumbrarme a otro olor que no fuera el tuyo. Ese olor blanco de Pôeme que aparece en tu cuello todas las mañanas. O el olor azul de tus ojos silenciosos y profundos.

Tampoco creo que me acostumbrara a un olor que no fuera el de nuestra casa. Un poco especiado y cálido. Naranja. O a otro aroma distinto al del café que trajimos de Oporto y que recorre una por una todas las estancias por las mañanas.

Al de nuestro sofá cuando estamos tumbados y tapados con nuestra manta de cuadros escoceses y lo único que  se oye de fondo es el sonido de tu respiración sobre el telón de la noche.

No. No podría dejarte. Me daría una pereza enorme tener que comenzar de nuevo, oler otras cosas, otras casas, otras personas. Quizás otros niños pequeños. Tener que oler legajos rancios de abogados, olfatear discusiones y negras soledades.

No. Prefiero guardar en pequeños segundos nuestras esencias para poder rescatarlas  si llega el día en que, de tanto amor, pierdo el olfato.


20 febrero 2015

Este Jueves, Relato: Argumentos Oníricos

Propone el Demiurgo de Hurlingham que escojamos de entre sus propuestas la que más nos apetezca para hacer un relato. Yo he escogido la número 13: Una herencia lleva al protagonista a una mansión, donde vivirá. Una herencia maldita porque estará rodeado de seres extraños que obedecerán. Pero serán peligrosos para cualquiera que se acerque. Como parte de una maldición ancestral, no podrá salir, salvo que…

Estaba cansado de todo el viaje en avión y luego un trabajoso traslado hasta el cottage. Así que le pareció la primera buena noticia del día que la verja de entrada se abriese como por arte de magia al paso del vehículo. Sus hermanos le estaban esperando desde por la mañana. Tras los papeleos, todo estaba dispuesto para la apertura del testamento. Llegó a la enorme biblioteca de la casa y apenas conoció a su hermana pequeña, ni a su hermana mayor, ni a la mediana. Habían cambiado mucho, su mirada era torva, urbanita, desconfiada. Sin embargo, lo primero que le dijo la pequeña es que había hablado con los demás y le obedecerían en todo porque siempre les pareció el miembro más lógico de la familia. Con todo, no era eso lo que decían sus miradas. En el aire flotaba ese ambiente secreto y conspiratorio de las grandes ocasiones, todos parecían conocer algo de lo que no podían o no querían hablar.
Esa misma tarde el notario de la localidad abrió y leyó todas las adjudicaciones. En el fondo, ninguno quedó contento, aunque tampoco parecían disgustados.
Fueron los muchos días juntos, los que volvieron opresivo el ambiente. No tenía temas en común con sus hermanos, eran unos perfectos desconocidos. Empezó a desear con todas sus fuerzas salir de allí, con las mismas ganas con que uno, en pleno ataque de pánico, se quiere bajar de un avión. Pero siempre había algo que tiraba de él para atrás, un cuchicheo, una puerta que sonaba a deshoras, silencios a su paso, miradas furtivas.

Con ello, el reloj del salón, empezó a marcar impasible los pasos del destino de aquellos tres extraños que habitaban el cottage. Igual que el abuelo hizo con la abuela cuando, por lo que parece, está descubrió algo, así haría él con sus hermanos. Pero únicamente para escapar de ese lugar. La herencia, la sangre y el mismo cottage, le apretaban la garganta como un mal nudo de corbata. Necesitaba salir, aunque para ello tuviera que dar cuenta con la maldita tradición de su familia…

Más relatos donde El Demiurgo

29 enero 2015

Este Jueves, Relato: Caso Nisman

Si en este momento está usted leyendo es porque, seguramente, yo andaré ya muerto. Así que usted, amable lector, ándese también con cuidado y no dé a conocer, de momento, ni el contenido de esta carta, ni el del cd que le acompaño con todas las pruebas de la investigación que he ido reuniendo a lo largo de los últimos meses. Todas apuntan hacía la señora X, o señora Rosada, si estuviéramos en un film de Tarantino. Ya sabe que esta señora y sus perros de presa del servicio de inteligencia no son muy dados a dejar que nadie cuente nada, así que de saberse todo, ya le andarán buscando. No crea, no confíe. En todo caso, cierta tranquilidad le puede dar saber que he remitido copias a algunos colegas suyos también y a alguna organización internacional para que sepan, investiguen y juzguen a todos los culpables. Si me voy, lo haré con la conciencia tranquila y pudiendo dormir por las noches, algo que no creo que puedan decir los que me habrán asesinado. También se acabarán el mirar todos los días debajo del coche y andar con mil ojos por la calle, darle un beso a mi hija sabiendo que puede ser el último que le haya de dar, las despedidas de mi esposa todas las mañanas entre lágrimas ante un futuro negro. Lo siento por ellas y por el país. Solo un ruego, cuide el material y que el miedo no le impida sacarlo. Elija usted el momento.
Sin más, me despido. Salud y Justicia.
Nisman. 


Más donde Gustavo




16 enero 2015

Este Jueves un Relato: Escritura Creativa

Eva había decidido dejar Berlín por unos días y desplazarse hasta Munich para visitar a su hermana Ilse. Llevaban mucho tiempo sin hablarse. Exactamente nueve años, desde el intento de suicidio. Eva no había perdonado nunca la soberbia de su hermana y esa mirada de superioridad que desde entonces tenía. Ilse no había perdonado a Eva ese afán desmedido por el poder, por subir en el escalafón social, como si los sudores de los padres no hubieran sido lo suficientemente importantes para sacarlas a las tres adelante. Ilse culpaba a Eva de muchos de los males de la humanidad y quizá, consideraba en secreto una ofensa que Eva hubiese siempre preferido la compañía de Margarethe, su hermana menor, en lugar de la suya. No obstante, aquella tarde estaba dispuesta a olvidarlo todo. La mesita estaba decorosamente vestida para el té. La guerra se adivina con solo echar una ojeada tras los visillos, pero han cesado los bombardeos y por un momento, como todos los años en abril, el sol elonga los días y se vislumbra la primavera. Hacía mucho tiempo que los días eran grises y esa tarde, por fin, el sol salía de detrás de los escombros.

Eva habló y habló sin parar, recordaron, rieron y lloraron, porque al despedirse, Ilse supo que jamás volvería a ver a su hermana, la primera mártir del siglo veinte. 

Más en casa de María José

02 enero 2015

Este Jueves, Relato: Ese Oscuro Objeto de Deseo

Casi todas las tardes era igual. Sobre las seis, el sol iluminaba profundamente la cocina. Notaba como el corazón le palpitaba más rápido a medida que recorría el pasillo. Al principio, disimulaba la compra diciendo que era para que el niño merendase. Cuando a la segunda tarde Javier dijo que no le gustaba, ya no tuvo que ocultarse más. Cogía la bolsa de tela que estaba colgada tras la puerta de la despensa. Cortaba en dos rebanadas el pan de miga blanca que compraban en la nueva panadería vintage del barrio. Iba hacia el armario de las galletas y allí estaba: el enorme bote rojo. El cuchillo de punta roma recorría primero el fondo y después las paredes para extraer, en una única punción certera, la mayor cantidad de nocilla posible. Untaba primero la parte de abajo del pan. Después con el sobrante la de arriba y volvía el cuchillo a hendir el untuoso elemento para completar aquella ambrosía. Chupaba el cuchillo y, casi limpio, lo dejaba para fregar. El primer bocado del pan sabía a niñez, a barrio sésamo y deberes después; a frustración porque no todas las tardes había para hacer esos bocatas; a tómate primero la leche; a cuando sea mayor me voy a comprar toda la nocilla del mundo. Una especie de predicción que se cumple porque, desde entonces, no falta en su armario de las galletas un bote rojo con el que, medio en secreto, muchas tardes puede dar ejemplo a su hijo sobre lo importante que es merendar bien para suplir las carencias de la infancia. 
Más donde Charo.

11 diciembre 2014

Este Jueves, Relato: Project U.F.O

Dos cosas sorprendieron a la policía portuguesa cuando detuvo a Abelio. Una, fue la enorme cantidad de información que tenía en su cabaña a las afueras de la localidad de Loibos. Abelio guardaba en una libreta anotaciones de todos y cada uno de los transportes que durante años había estado realizando. Todo con sus fechas, destinos y mercancía. Estraperlo siempre de noche, siempre con el vello encrespado y alerta a través de ese incierto y boscoso límite que era la frontera entre España y Portugal.

Y la segunda fue que, en una de esas anotaciones, Abelio contara como una noche se riló cuando en uno de esos viajes vió como un objeto desconocido y muy luminoso descendía del cielo y del mismo salían unos extraños seres verdes que, tras un rato deambulando y olisqueando por la zona, terminaron perdiéndose en la inmensidad del bosque. Él, aterido más por el miedo que por el frío, tras un matorral, pensó que se trataría de algún artefacto volador que estaría probando la guardia civil española para evitar el contrabando. Nunca lo supo porque únicamente fue capaz de hacer dos o tres viajes más. Desde aquel momento siempre tuvo la impresión de que el bosque tenía más ojos de los habituales y que la guardia civil siempre le estaba pisando los talones. Entonces consideró que sería mejor pasar las horas de oscuridad al abrigo de la lumbre en su cabaña, que la noche era para los lobos. 
Mucho más en la casa de Charo
Y muchas gracias a mi gran amigo Goathemala por inspirarme la idea 

06 noviembre 2014

Este Jueves Relato: El ABC de la Dimensión Desconocida

Mi madre siempre tuvo las cosas claras. Las de aquí, del mucho más acá; y las de allá, las de una dimensión desconocida de la que nunca hablaba pero que yo creía intuir por lo que a veces ocurría. Yo siempre he pensado que la puerta a esa dimensión desconocida se encontraba en el armario de abajo junto al frigo. El de las sartenes. Creo que mi madre pasaba por él cuando estaba harta, muy harta de su vida y de la nuestra y decía aquello de me voy a ir y me voy a perder del mapa. Y yo de muy pequeño que me la imaginaba cayéndose Canarias abajo. Pero realmente la perdíamos de vista una o dos horas y ni mi padre ni nosotros sabíamos dónde se metía en este tiempo-espacio. Porque salir, salir, lo que se dice salir por la puerta normal, la de siempre, no lo hacía. Yo creo que quizá abría esa puerta con la excusa de guardar algo y se escabullía entre las sartenes tras una gran luz que la cambiaba de dimensión. Y luego otra gran llamarada dentro del armario nos la devolvía. Lo cierto es que yo, por más que abría y cerraba la puerta de abajo a la izquierda del frigo, no lograba pasar a dimensión otra alguna, ni encontraba luz cegadora ni nada. Bueno, serán cosas de padres, como eso de desayunar café con lo bueno que está el Cola-Cao.

Mucho más en la casa de Yessy Kan

03 octubre 2014

Este Jueves Relato: Idiomas


Bajo la luz roja, únicamente soy capaz de distinguir el blanco de los ojos de mis compañeros. El resto es ruido y frío. El sonido del helicóptero es ensordecedor;  y aunque debería estar ya acostumbrado, esto es como los exámenes de la carrera, por más que uno sepa la materia no se termina de acostumbrar. Por la puerta abierta, retazos de desierto y de dunas. Arena que se ondula al son de nuestras aspas. Uno, dos, tres Tiger. Y no es la canción infantil. Sonrío ante mi propio chiste. Siento un ligero aturdimiento y el chicle que mastico no sirve de nada. No es el mal de altura. Un poco entumecido el brazo donde me pincharon; a la altura del hombro está un poco hinchado. Lo cierto es que, de todo lo que me iban explicando sobre terapias génicas, mapa del genoma humano y demás aclaraciones, solo me quedé con que, desde la puesta en marcha de los efectos de la dosis, comenzaría a olvidar el castellano y a pensar y poder hablar perfectamente en pashto y dari. La sustancia inoculada, intervenía a no se qué nivel cerebral, y no sé cuáles receptores genéticos, y permitía controlar perfectamente un idioma con nada más estudiarlo y escucharlo un par de días. Mi entrenamiento duró una semana. El tiempo de la misión sobre el terreno haría el resto. Podría recordarlo todo pero no expresarlo en castellano nunca más. Después, me las tendría que apañar si quería volver a aprender de nuevo cualquier otro idioma. Únicamente debía transmitir información, para todo lo demás, no era nacional, nadie me conocía ni me iría a rescatar en caso de problemas. Cuando el general médico me preguntó si tenía alguna duda o pregunta, dije que no. Ni las tenía ni creo que me las hubieran podido resolver.
Hemos parado en el aire y el tiempo parece suspendido. Se enciende un piloto verde. Se despliega una cuerda. Me toca pisar el desierto. En un perfecto pastún, me despido de mis compañeros: 
وداعا وداعا

Con tanto idioma no había puesto que hay más historias donde Juan Carlos al que agradezco desde aquí los idiomas de mi blog

26 septiembre 2014

Este Jueves Relato...Habla del silencio...

El silencio y la luz de la casa por la mañana cuando él la abandona semejan mucho a los que se intuyen en un lienzo de Hopper. Tanto tiempo admirando a ese pintor y ahora podía perfectamente ser una de las figuras cabizbajas que habitan en sus cuadros. Que habitan o que deshabitan porque desde anteanoche, su vida es un desierto de palabras que se pierden por los pasillos y recovecos de la casa. Y eso que ella ha intentado seguir con la normalidad, con la feliz rutina rutinaria. Pero la casa le parece muy grande y las horas, mucho más que sesenta minutos; aunque ahora es mejor cuando él no está. A veces le gustaría perder los papeles, desearía poder odiarle, mucho; no haber sentido vergüenza y haberse acercado.

Porque anteanoche no tuvo una reunión hasta tarde, no era hora punta para que se hubiera quedado atrapado en alguna de las muchas venas que desangran esta ciudad cada atardecer. Anteanoche la nada más abisal se le vino encima al contemplar unas sonrisas cómplices, aquellos devaneos, aquella entrada triunfal en la vinoteca. Todo perdió el color alrededor, quedó sorda. Tantas veces había dejado la televisión en silencio viendo escenas parecidas mientras ella hablaba por teléfono que, por un segundo eterno, pensó si aquella escena no podía haber sido escrita por cualquier guionista; después volvería a subir el volúmen de la televisión y la historia de amor continuaría. Pero no. Lo que continuó fue esa escena y el silencio solo lo aportaba la distancia a la que estaba.

El silencio solo lo aportan, ahora, la distancia a la que está, las lágrimas en salada soledad, el miedo a quedar callada, a no saber decir; y la terrible sensación de que el futuro es un edificio viejo al borde del derrumbe y cuyos escombros ella ya tiene en el alma.  
(Más en Matices en la vida )  

01 agosto 2014

Este Jueves (Viernes) Relato Él y sus Circunstancias


Recuerdo que el año 1963 fue declarado por el Ministerio de Información y Turismo como “Año Nacional de la Paciencia y la Humildad”. Si Naciones Unidas todos los años declaraba un año internacional de algo, aquí en España no íbamos a ser menos. Con el tiempo he llegado a saber que hasta se publicó un decreto en el Boletín Oficial del Estado con toda una batería de medidas (como ahora pomposamente se dice), subvenciones para actividades y recomendaciones para los ciudadanos: prohibiciones de gritar y enfadarse; cursos de trato correcto a los extranjeros; normas de buena conducta en la carretera y en los bares; y prohibiciones, que siempre las había, de tratar mal a un superior o autoridad, de rechistar ante las diatribas de los jefes o policías, etc…hasta de intentar hablar ante una reprimenda del maestro. Y es que el Régimen era como nuestra casa y Franco como el abuelo de todos, cariñoso y dadivoso cuando íbamos de visita y nos portábamos bien, pero inflexible aunque de un modo generoso, cuando hacíamos alguna trastada. Yo, por todo lo que después pasó, siempre he tenido la impresión de que la trastada que tuvimos que hacer hubo de ser muy gorda y que, muchos de nosotros aún hoy cargamos con la pena de aquello que hicimos.
Recuerdo que ese año, papá y mamá fue en el que menos discutieron y se pelearon. Supongo que porque hacía mucho tiempo que no tenían nada más que echarse en cara o porque, en realidad, nunca habían tenido mucho que decirse. Así que a ninguno nos extrañó no ver los desayunos preparados esa mañana de primavera y a papá corriendo como pollo sin cabeza para ver donde estaba el Cola Cao, el azúcar y las galletas. Mamá marchó con la tía Viru y mi padre se quedó con nosotros y con todo lo demás. Eso sí, cumpliendo las recomendaciones del decreto de humildad y paciencia, sin rechistar, manso como un buey arando, arando…

Mucho más en el blog anfitrión de esta semana The Daily Planet´s Bloggers


24 julio 2014

Este Jueves un Relato: La máquina del Tiempo: Tireless



Y al leer la orden, todo el universo se me vino encima. “Desde la notificación de la presente y por orden del juzgado de instrucción número cinco de la Audiencia Nacional, de conformidad con lo que establecen los artículos 546 y siguientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal se autoriza la entrada y registro en la sede de la empresa Tireless, S.A. y la incautación de cuantos elementos sean relevantes para la causa…”. Y así continuaba una resolución de unos seis folios que me dieron nada más llegar ese lunes a la oficina. Me permitieron quedarme durante el registro e incluso el juez que daba órdenes aquí y allá me hizo alguna pregunta irrelevante. Duró ocho horas más o menos. Y era el fin.
Al igual que las impresoras 3D de alimentos no acabaron con el hambre en África sino que crearon hordas de gordos europeos, nuestra máquina tampoco alcanzó el fin deseado. Y si bien, la concesión exclusiva del gobierno nos permitió al principio el control de los viajes en el tiempo, cuando la concesión caducó y surgieron por doquier máquinas Tireless para uso doméstico, los viajes al pasado (no incluímos la tecnología para viajar al futuro) se convirtieron en un problema de orden público. Gente que dejaba de ir a trabajar, apariciones fantasmagóricas por doquier; y económico porque la gente dejaba de viajar a las playas y montañas para irse uno o dos siglos atrás, o unos años: hoteles y zonas de veraneo vacías como tras un holocausto nuclear. Por suerte tampoco incluíamos la posibilidad de transformar el futuro desde el pasado, con lo que minimizábamos los riesgos. Aún así, los gobiernos y, entre ellos el nuestro, consideraron inasumible que la gente estuviera moviéndose de esa manera, escapando a todo control y decidieron que se acabó. El delito fiscal es solo un pretexto, el procedimiento una farsa.

Con todo y con eso, la tecnología ya está en la calle y al alcance de todos, y será imposible su control aunque yo esté en la cárcel, eso sí si no me largo unos siglos atrás de viaje.

Muchos más relatos en el blog de María José 

15 febrero 2014

Spencer Ltd.

Ha muerto J. Spencer, famoso creador americano de puzles, rompecabezas y todo tipo de acertijos. Y resulta que el mito o leyenda del puzle al que siempre le falta una última pieza, es cierta. Lo confiesa el creador del primer puzle moderno en una carta póstuma encontrada entre sus cosas, en la que señala como causa una especie de paradoja sobre la imperfección del mundo. Si este no es perfecto, J. Spencer, consideró que todos los puzles que salieran de su ingenio o caletre lo harían sin solución, en el caso de los acertijos; o sin una  pieza en el caso de los puzles. Las máquinas de sus fábricas estaban concebidas tozudamente por ingenieros para ello, para troquelar una pieza de madera  menos.

Y yo, en la otra punta del mundo, lo he podido comprobar, tras intentar hacer un par de ellos con mi hijo. En la parte de atrás de la caja, siempre aparece el sello de Spencer Ltd. A eso se le llama hacer pingües beneficios de toda una mínima imperfección del terrenal mundo. O jugar un poco a dios, o pasar el rato, qué se yo. Descanse en paz el señor Spencer en cualquier caso.

30 diciembre 2013

In Memoriam

Siempre suelo ir embebido en mis propios pensamientos e historias, así que cuando te ví en aquel andén de la línea uno o la azul o la marrón, puse la cara de bobo que me viste. Supongo que te alegrarías al ver que estoy un poco calvo y que mi cara ha engordado. Otra pequeña venganza del tipo de ver a uno de tus “ex” al cabo del tiempo y comprobar que está mucho peor que tú.
Yo por mi parte casi te he olvidado por completo. Apenas me acuerdo de los magníficos polvos que echábamos en los lugares más insospechados, por algún portal del barrio viejo en el que nos colábamos; o en algún aseo furtivo cuando salíamos; o aquella vez en que casi nos pillan follando en un ascensor cuando nuestro vecino iba a las cuatro de la mañana a bajar al perro; que digo yo que vaya horas para bajar al perro que tiene la gente.
También se me ha olvidado casi por completo ese lunar que tenías en tu generoso culo y que besaba con fruición abrazado a ti, mientras te prometía amor eterno tras una batalla sexual.
También se me ha olvidado tu perfume goloso de Poême, atrayente como pocos, dulzón y erizador de todos y cada uno de los pelillos de mi cuerpo…
Y ahora cuando llego a casa y veo mi sopa fría y a mis tres hijos, compruebo lo bien que lo hice consiguiendo que me dejaras por un cabronazo que te trataba mal, que te hacía sufrir y llorar, porque lo mío ahora, sí que es felicidad…de otro tipo, pero héteme aquí la mar de contento. Lo nuestro no podía ser. Como hombre busco siempre algo más que follar y follar, y con tu insustancialidad vital era imposible...creo.

A ti por el contrario, te veo bien, pareces cansada pero contenta, veo que te ha sorprendido verme. Supongo que me tenías perdida la pista y no pensabas que pudieras encontrarme aquí. O quizás te habías olvidado casi de mí, como yo de ti…