Encima de su mesa, batalla campal de papeles que se dividen en dos montañas. Entrambas se vislumbra un poco de la madera. Semeja un sendero terroso que se parece demasiado a aquel que tuvo que atravesar para llegar a las terrazas de roca que descendían hasta la orilla de su Mediterráneo añorado en una cala. Allí dónde es de color turquesa y puro se ha zambullido. Millones de burbujas ascienden por su piel y rodean su cuerpo a medida que él se sumerge más profundo, un poco más, y otro poco...vislumbra el argénteo movimiento de peces, le rozan de cuando en cuando; en el fondo rojos coralinos, ve todo y observa todo con curiosidad de niño grande. Al salir del agua un sol cansado, toca dorado las rocas y baña el murmullo de los últimos rezagados del día. Sopla una ligera brisa que invita a cerrar los ojos y dejarse ir en un ritual de eternos segundos. Nota un pequeño sabor salado en los labios que esperarán ser besados...le tocan el hombro, le tocan el hombro...algunos de los papeles han caido al suelo del despacho, suena el teléfono, ha entrado un fax, suena la sirena de una ambulancia en la calle y, en la acera de enfrente, una rubia secretaria apura en la puerta el cigarrillo antes de entrar de nuevo a teclear cosas serias en su sistema operativo windows...de nuevo septiembre; no es un mes, es un estado de ánimo (repito).