Esta semana nos invita Roxana a hablar sobre dioses en la convocatoria semanal. Ahí va mi relato de la semana.
Dios huele a vinazo. Los ojos cada vez
más achinados bajo el triángulo ese con el que a veces lo representan. Ya no se
le entiende al hablar. Parece que la lengua no le cabe en la boca como cuando a
un perro le pica una avispa en el hocico.
— ¡A tomar por culo! Treinta y una. Por hoy ya está bien. — dice el
príncipe de las tinieblas. Y arroja los naipes sobre la mesa de madera.
Le dice que no se preocupe por lo que
oiga esta semana desde su mundo. No diré
nada de que volviste a perder. En realidad el viejo llevaba mucho tiempo
sin ganar, pero seguía insistiendo. Todos los días en la taberna y una vez por
semana en la partida. A partir de las seis, el tabernero ya no le servía más
vino y cuando no había parroquiano al que arrimar la brasa, se acodaba en una
de las mesas del fondo y se quedaba amodorrado allí hasta la hora de cerrar.
Todos estaban de acuerdo en que había
que hacer algo, pero el mal carácter del viejo cuando se enfadaba iba
retrasando siempre los planes y las decisiones.
El demonio ya estaba cansado de ganarle
partidas y devorar destinos. Aspiraba a algo distinto. Quizá fuera el candidato
perfecto. Quizás no hubiera otro.
Se tendría que buscar un lugar para el
retiro del viejo desde el que no interfiriera. Nadie había pensado en ello, ni
siquiera dios cuando joven y vigoroso creía dominar el destino de todo.
Habría que inventar algún tipo de paraíso,
o infierno, lo que fuera pero en el que estuviera bien cuidado y atendido (por alguien
que lo aguante, añadiría el demonio) ¿Dónde se retiran los dioses cuando están
viejos y cansados?