Su voz era como un susurro, hablaba y hablaba sin escatimar en
detalles. A esas horas de la noche, los pormenores sobre la historia de nuestra
familia me adormecían sin poder evitarlo. El abuelo repetía una y otra vez la
aventura de aquel viaje en el que una vez en el tren los rociaron con un
líquido apestoso que no sabían lo que era. El vagón estaba lleno, tanto, que no
cabían nada más que de pie. Nos contaba cómo él había recorrido esos mismos
parajes la primavera anterior y, entre los escombros de la guerra aún pudo ver
cómo la hierba seguía creciendo y las florecillas acudían fieles a su cita con
la estación tierna.
Al fondo estaría la montaña por la que intentó huir sin éxito. Quizá
hiciera el mismo frío que esta noche. Poco a poco la voz del abuelo se fue
alejando. Solo algún traqueteo del tren lograba despertarme un poco. Tenía una
pesadilla. Ladraban perros feroces, había luces fuertes e indeterminadas que
marcaban grises caminos. El vaho de los judios se mezclaba con la saliva de los
soldados y el calor de los canes…De repente me desperté.
El tren estaba parado. Salzburg. Todos habían bajado a por un café y un
cigarrillo. Él también fumó. Y fue al baño. Fue allí donde decidió que no
quería seguir ese viaje nostálgico al dolor. Con todo el ajetreo nadie se daría
cuenta. Esperó un poco y salió justo en el momento en que el tren abandonaba la
estación…




