27 junio 2022

17 años y 2 días

Escribir es una condena. Una condena que se nos impone maravillosa, estomagante, dura y a veces feliz. Una amenaza latente que siempre promete volver  No escribir aunque solo sea de pensamiento, obra u omisión, no es vivir. Por eso seguimos por aquí. Por eso celebramos todos y cada uno de los cumpleaños y cumpleblogs, porque la alternativa, es mucho peor. 
Así que, felices letras, felices ideas y feliz cumpleblog, soplaré una vela y me tomaré un chato de vino viejo. Va por ustedes. 

23 septiembre 2021

Este jueves, relato: La mentira

 

Llevo mucho tiempo sin escribir. Por diversas razones, lo he ido dejando, pero no me parece justo abandonar el blog. Creo que de alguna manera me reclama, me interpela para que escriba y no lo haga desaparecer tras dieciséis años acompañándome. También los periodos de sequía se rompen con una primera gota, así que lo intento con esta pequeña participación en la convocatoria de MAG. Gracias por ella. 

Llegas a casa. Huele a cocido y está la televisión encendida. La voz del locutor retumba en toda la cocina. La mesa ya está puesta, los cubiertos, unos vasos de plástico y los platos con sopa. Has dejado las llaves sobre la mesa y quitado el volumen. Remueves y mareas un poco los fideos. No los soplas.

   ¿Qué piensas? — me preguntas.

   En nada— y resoplo un poco sobre la cuchara cargada.  

 

29 enero 2021

Este Jueves, Relato: Amores imposibles

 En la convocatoria de esta semana, nos invita Volarela a hablar de amores imposibles. No sé si llegaré a tiempo, pero ahí algo que se me ha ocurrido. 


En el segundo estante hay una foto del viaje que hicimos a los Pirineos. Agachaba la cabeza y cuando me volvías a tirar del pelo, veía borrosa la imagen del gorro rojo de mi mujer y su pantalón negro de la nieve. Yo apoyaba las manos en la pared. Entonces tú me lamías el cuello y seguías empotrándome. Al correrte me agarraste los pezones y con un suspiro te dejaste caer sobre mi espalda. Me volviste a recorrer con la lengua. Te agachaste y te metiste toda mi polla en la boca. Cerré los ojos. No volví a mirar la foto. Ni una litografía que habíamos comprado en otro viaje familiar a Amsterdam. Al terminar me temblaban las piernas. Oí correr el agua en el baño y la hebilla de tu correa golpear contra la madera del marco. Tu macuto estaba junto a la puerta.

          Me tengo que marchar ya. Mi autobús sale en media hora.

           Ya.

           No hace falta que me acompañes.

           Da recuerdos a tu mujer y cuida de tus niños.

           Tú también. Hasta dentro de otros veinte años — Y sonreíste.

Fuera caía la tarde. Más tarde te imaginé en el autobús. Mirando por la ventana. A veces, volver puede ser triste.


17 diciembre 2020

Este Jueves, relato: Dulces



Este jueves nos invita María José Moreno en su Lugar de encuentro a hablar de dulces. Ahí dejo lo que he pergeñado. 

El chirrido del muelle del pomo despertó a la madre que dormitaba en la cama después de la toma. Asomaba un pecho por encima del camisón de puntitos amarillos. La abuela asomó la cabeza por el hueco de la puerta. Llevaba el pelo cardado y tintado de peluquería y una bandeja mal envuelta con servilletas. Una pirámide de pastas a punto de desparramarse asomaba por los huecos del papel.

   Os he traído unas pastas de almendra caseras. Están recién hechas. —

Apartó una botella de plástico con agua y las dejó sobre la mesa junto a la cama. El olor de las pastas se mezcló con el dulzón de las cremitas y ungüentos de los gemelos que dormían junto a su madre. Llevábamos años sin ver a la abuela. Por lo que parecía, seguía haciendo todo tipo de dulces y pasteles en cualquier época del año.

Se acercó y cogió a uno de los bebés. Yo di un respingo en el sillón. Hundió la nariz en el cuello del niño. Le besaba los bracitos, los pequeños muslos. Uno a uno fue chupando los deditos de los pies. Sus labios fofos buscaban los mofletes de los niños y demoraba los besos en la barbilla.  

   ¡Qué gorditos! Y ¡Qué encarnaditos! ¡Están para comérselos! —

                  

 

 

30 octubre 2020

Este Jueves, Relato: La Muerte



En esta convocatoria nos invita nuestra anfitriona María José Moreno a hablar sobre la muerte, y me parece de lo más apropiado dadas las fechas que celebramos conmemoramos estos días, así que ahí va mi cuento:


Pequeña muerte

 

Todos los domingos por la tarde son una pequeña muerte. En sentido literal. Está uno en su sofá tranquilamente viendo algún partido de baloncesto, alguna serie o alguna película de estreno y de repente piensa en el lunes, en la semana, en lo que tiene que hacer. No hace falta que sea un pensamiento concreto ni elaborado. A veces un papel encima de la mesa del salón, o una anotación en la pizarra de la cocina cuando te has levantado a preparar café, es la chispa que hace romper toda la cascada de pensamientos. Entonces el corazón se acelera. Parece que a uno le falta la respiración. Siente uno como los pulmones se le hinchan y colapsa. Me han contado, después una vez recuperado, que caigo a plomo sobre el suelo del salón o de la cocina. Que no reacciono ni al agua en la cara, ni a los vahos, ni a la respiración asistida que me ponen los sanitarios cuando llega la ambulancia o me llevan al hospital. Unos tres entierros llevo ya. Tres veces que me han dado ya por muerto y me han velado. A veces de lejos, como entre brumas, oye uno los comentarios de la gente “pues que buena cara que tiene” “parece que está dormido” (joder es que creo que es verdad) “que hijo de puta que era”…

Pero creo que esta es la definitiva. Se habrán hartado todos de tanto vaivén y de tanto gasto. A la cuarta va la vencida. No me he percatado de los comentarios, no he oído nada y, tengo la impresión de que llevo días aquí dentro. He comenzado a alimentarme únicamente de la proteína que va entrando. Hace frío y se está húmedo. He recordado determinada escena de Kill Bill. No sé qué día es hoy.

 


16 octubre 2020

Este Jueves, Relato: Hay un dios en mi sandwich

 Esta semana nos invita Roxana a hablar sobre dioses en la convocatoria semanal. Ahí va mi relato de la semana. 

Dios huele a vinazo. Los ojos cada vez más achinados bajo el triángulo ese con el que a veces lo representan. Ya no se le entiende al hablar. Parece que la lengua no le cabe en la boca como cuando a un perro le pica una avispa en el hocico.

   ¡A tomar por culo!  Treinta y una. Por hoy ya está bien. — dice el príncipe de las tinieblas. Y arroja los naipes sobre la mesa de madera.

Le dice que no se preocupe por lo que oiga esta semana desde su mundo. No diré nada de que volviste a perder. En realidad el viejo llevaba mucho tiempo sin ganar, pero seguía insistiendo. Todos los días en la taberna y una vez por semana en la partida. A partir de las seis, el tabernero ya no le servía más vino y cuando no había parroquiano al que arrimar la brasa, se acodaba en una de las mesas del fondo y se quedaba amodorrado allí hasta la hora de cerrar.

Todos estaban de acuerdo en que había que hacer algo, pero el mal carácter del viejo cuando se enfadaba iba retrasando siempre los planes y las decisiones.

El demonio ya estaba cansado de ganarle partidas y devorar destinos. Aspiraba a algo distinto. Quizá fuera el candidato perfecto. Quizás no hubiera otro.

Se tendría que buscar un lugar para el retiro del viejo desde el que no interfiriera. Nadie había pensado en ello, ni siquiera dios cuando joven y vigoroso creía dominar el destino de todo.

Habría que inventar algún tipo de paraíso, o infierno, lo que fuera pero en el que estuviera bien cuidado y atendido (por alguien que lo aguante, añadiría el demonio) ¿Dónde se retiran los dioses cuando están viejos y cansados?


08 octubre 2020

Este Jueves, Relato: Niebla

 Este jueves nos invita Cecy en su blog a hablar sobre, con, por, en, entre...la niebla. Por ahí va, mi aportación. 



Aquella mañana salieron todos de la casa y apenas se veía. Una espesa niebla lo cubría todo. Las farolas seguían encendidas pero su luz era poco más que una mancha naranja. Se suponía que los niños iban al colegio a esa hora, pero todo estaba en silencio y vacío en el pueblo.

Por la carretera no se veía ningún coche, ni al lado, ni delante, ni detrás. Será la niebla, sonrío mamá. Y es que no veía nada de nada. Los faros del coche alumbraban un pequeño trozo de carretera.

Como todas las mañanas, mamá dejó a Javier y a papá en el sendero que llevaba al colegio. Javier, cogió la mochila y miró extrañado.

   Papá, no está el colegio. — dijo. — ¿Qué haremos si no está el colegio?   

   ¡Cómo no va a estar el colegio! ¡Anda, camina que llegamos tarde!— refunfuñó papá. — Es la niebla.

Pero iban avanzando y el colegio seguía sin aparecer tras la niebla. Tampoco se veía el polideportivo ni la piscina cubierta en la que solían nadar los alumnos de ESO.

Llegaron donde tenía que estar la puerta del colegio, y efectivamente no estaba. Ni profesores, ni niños alborotando en la entrada, en los pasillos o apresurándose porque llegaban tarde. Nada. Y en ese punto ni siquiera la niebla.

   ¿Qué hacemos? — Y se miró en mi gesto de incredulidad.

   Pues nos vamos a casa. — Dije. Él sonrió.

Olíamos a mojado. Sonaban los ruedines de la mochila sobre el pavimento. En algunos sitios podíamos ir pegados a la pared, pero en otros no sabíamos. Cogimos la avenida del parque que desembocaba en la plaza, luego, giramos a la derecha, tras otra rotonda llegaríamos a casa. O eso creíamos. Debimos seguir más la avenida o girar en un lugar que no era el correcto porque ese camino no llevaba a casa. Allí no estaba nuestro edificio. Seguimos andando entre la niebla. —Me canso, me dijo. — ¿Dónde estamos? ¿Cuánto queda?

—Ya llegamos. —Pero no lo sabía. Miré el móvil. Uno por ciento de batería. Miré el tiempo. Mañana también tendríamos niebla.     

 

 

 


12 septiembre 2020

Este Jueves, relato: Monstruos

 Este jueves, nos invita Neogeminis a escribir sobre monstruos. El tema da para mucho más y como tenía gana de ensayar un poco, ahí va mi aportación tardía. 

Cuando entrabas al bar a veces podías ver a alguno de los pequeños que corría a esconderse tras las cortinas de canutillos que daban paso a la cocina al fondo. Se escabullían dentro dejando sobre la mesa los restos de lo que estuvieran haciendo, un juego de dados, una baraja de cartas, los despojos adheridos a la madera de alguna pieza que limpiaban.

Eran cinco hermanos. Todos niños. Todos pequeños. En la escuela no duraron porque los niños mayores pronto comenzaron a lanzarles cosas, mientras que a los alumnos pequeños les daban miedo. Sobre todo cuando el mayor de los cinco, enseñaba esos pequeños dientes puntiagudos que tenía. Al segundo le faltaban dos y tenía un bulto en la nariz. El tercero tenía cuatro dedos en la mano derecha. Perdió el índice al nacer y el dedo pulgar, muy largo, era una tenaza de carne inútil. No lo dejaron aprender a escribir con la mano izquierda. Estaba enamorado en secreto de Mariquilla que una vez en el recreo se había dejado rastrillar el pelo con esas cuatro púas huesudas. Sus padres al saberlo, le dieron a la niña un bofetón nada más llegar a casa y se fueron a ver al cura. El cuarto no salía del bar porque apenas podía andar. No sé porqué. Y a veces, gritaba tanto desde dentro que los alaridos se oían en la calle y en todo el pueblo. Del quinto no se decía nada. La gente sabía que había nacido porque lo había dicho el médico que asistió al parto.

Yo solía llegar a medio día y dejaba encima de la barra la caja con la caza del día. Unos días había conejos, otro codornices o perdices. El golpe seco hacía que volvieran a asomarse. Su padre tenía un ojo pareciera que iba a salírsele de la órbita, soltaba un billete y unas monedas sobre la barra y hacía un gesto con la cabeza hacia la puerta del bar. Era la hora de comer. 


25 junio 2020

Este Jueves, relato: Mudanzas


Este jueves nos invita Molí del Canyer a hablar de mudanzas y aprovechando que hoy precisamente mi blog cumple 15 AÑOS, que mejor manera de celebrar aniversario y cumpleblog que participando en una convocatoria juevera, con esto:


Cambiaba de pareja aproximadamente cada primavera.

Todo empezaba con cambios de humor e irritabilidad por cualquier cosa. Me molestaba un vaso fuera de sitio después de haber sido utilizado, un tenedor en el compartimento dedicado a las cucharas, la ropa sucia en el cacharro un martes o un grado más en el termómetro que teníamos en el salón y que nos trajimos un verano de Jávea. Estuve en Jávea y me acordé de ti. Tenía forma de faro y me dijiste de broma que serviría para tomar la temperatura de nuestra relación. Pues en esa primavera, también me molestaban sus tonos azules pastel y, hasta la forma de falo que tenía.  

Otras primaveras y en otras casas, me molestaron los ceniceros en la mesa de centro, la colonia de Anaïs que usaba Marta, o la manera de comer los mejillones que tenía Elvira o Viru, como me decía que la llamara porque también me contaba que era bruja y así sonaba mejor.

Tras la irritabilidad comenzaba la descamación. Primero en los dedos de las manos, después en los brazos y piernas y poco a poco, una eccema enorme y rojizo se iba extendiendo por todo el cuerpo. Al principio acompañaba a mis parejas al dermatólogo. Con el tiempo pasaba por la farmacia y con recetas no caducadas, me compraba yo mismo las pomadas y ungüentos de la marca Isdin con que intentaban solucionarlo todo.

Luego llegaba una noche, sobre mediados de abril, en que mudaba toda la piel. Siempre por la noche. Las primeras veces me quedaba hasta por la mañana. Marta gritó y echó a patadas a ese desconocido que estaba en su cama. María se desmayó y aproveché para irme. Viru me dijo que había visto mi yo interior pero que no era la persona de la que se había enamorado.

Así que cuando yo sabía que iba a ocurrir la mudanza, metía todo en mis maletas y marchaba sin hacer ruido dejando en la cama la funda vacía, un yo seco.

Es cierto pero toda mi vida cabe ahora en dos maletas, como mucho.



01 mayo 2020

Instrucciones para dormir un elefante

Tengo un elefante en el patio. Come bien y está todo el día entretenido. Pero le cuesta dormirse. Por si vosotros también tenéis ese problema, os voy a contar lo que hacemos en casa para que se quede durmiendo.
Yo empiezo a dormirlo cuando cae el sol. Antes no es posible. Si el sol no ha caído aún del todo o se ve alguna rayita naranja en el cielo o el horizonte (que supongo que él lo verá desde su altura) no hace el más mínimo esfuerzo por dormirse. También creo que nota el momento en que dejan de piar los pájaros, se pone de rodillas y barrita.
Es entonces cuando hay que empezar a acariciarle la trompa. Como ya es de noche, hay que darle hojas de tilo un poco machacadas y comenzar a susurrarle. Le tienes que rascar las orejas por detrás también. Cuando nota que los dedos comienzan a moverse, termina de tumbarse. Hay que sentarse a su lado. Al nuestro le gusta que le contemos historias de otros lugares, pero no de selvas y lejanas sabanas repletas de árboles altos llenos de hojas de los que comer. Le gusta que le contemos historias de ciudades, de por qué se encienden en rojo los semáforos, de qué son las carreteras, las calles, los coches y los edificios. Le hablamos de Nueva York, Moscú, Helnsinky... Nunca hemos estado y la mayoría de las cosas nos las inventamos.
Mientras tanto seguimos rascándole detrás de la oreja, le damos pequeños pellizcos en la piel. Si la historia es buena, lo suficiente como para que no le interese, y el tono de voz el adecuado, comienzas a ver cómo las pestañas le pesan, se le cierran los ojos. Y resopla.
También le interesan mucho las costumbres de los humanos, lo que hacemos, por qué siempre vamos corriendo a todos sitios y vivimos en sitios tan cerrados y oscuros; por qué vivimos de día y también de noche... Pero con estas historias tarda más en dormirse, pone más interés, quiere escucharlas por más tiempo. Pero, entonces, bajando el tono de voz poco a poco, se consigue que el sueño también le venza. Estira la trompa, recoge un poco las patas y se pone a roncar como un bendito.
La enorme contracción de su torax me mueve cada vez más despacio. Noto que se ha quedado profundamente dormido. Despacio, comienzo a separarme de su lado para que no noté que me estoy yendo y de puntillas, me separo de él. Hasta el día siguiente. 

10 abril 2020

Este Jueves, relato: Señales mal entendidas

Este jueves, santo, de confinamiento y extraño como los tiempos que estamos viviendo, nos invita Dorotea a hablar de Señales mal entendidas. Pues ahí mando una cosilla que se me ha ocurrido para matar tiempo y aburrimiento.


Una de las cosas buenas de todo esto es el rojo satén y el acolchadito interior. He tenido que redecorar la casa y comprarme un ataúd. En el salón que tenía los muebles de estilo colonial, los he tenido que cambiar por otros de estilo gótico, porque ¿dónde se ha visto el ataúd de un vampiro rodeado de muebles  caoba, mecedoras con trenzado de madera, sillones de torneadas patas y aparadores como traídos de Oriente, África o el Caribe? Todo vendido por Wallapop. He podido sacar un buen precio y comprar ataúd, velones negros y me ha sobrado para cambiar la ventana. He quitado la que tenía de doble hoja con persiana y he puesto un arco ojival con vidriera. El estilo de un vampiro que se precie, es el gótico. Moderno, flamígero, churrigueresco, pero gótico. Ese estilo highschool americano de las sagas que se ve por ahí, es una modernez in-a-su-mi-ble.

Ahora tampoco soporto el ajo, con lo que antes me gustaba en ensalada con un buen tomate raf, o para todos los sofritos, o el alioli para un arroz a banda o caldero.

Y he quitado los espejos, ¿para qué? Aunque me gustaba pintarme la raya del ojo, o un poco de gloss en los labios antes de salir. Como aquella noche.

Me recogió en la puerta de casa y fuimos a cenar a “El Chuletero” un sitio especializado en carnes. Él apenas probó nada. Eso sí, estuvo durante toda la cena levantándose para ir al baño. O eso decía. Hablamos, reímos y bebimos mucho vino. Tanto, que a mí no me apeteció ir a tomar una copa después. Le pedí que me acompañara a casa y, si quería, lo podría invitar a un café, pero a nada más. No debió entender. Entramos a casa, dejamos los abrigos y fui a la cocina. Estaba preparando el café y, cuando me desanudé el pañuelo de seda que llevaba al cuello, se abalanzó sobre mí y me dio un apasionado mordisco en plena yugular. Al principio me excitó, aunque más tarde me desvanecí. Luego me confesaría que no pudo evitarlo. Ese cuello tan blanco, tan libre. No era pasión, no era yo. Era hambre.


25 enero 2020

Este Jueves, Relato: ¿Qué tengo en el bolsillo?

Ya no sé la de tiempo que llevo sin participar en los jueves, pero alguna vez tenía que ser y, esta semana que he tenido un poco más de tiempo, he decidido lanzarme y comenzar este 2020 bloguero. Y lo hago participando en el reto que propone La Bitácora de Mar. Ahí vamos. 

Esta mañana he visto que había llovido cuando he ido a coger el gabán. Había llovido mucho. He metido la mano con preocupación en el bolsillo derecho y no he tocado nada. Únicamente humedad. En seguida he pensado lo peor: la lluvia se lo ha llevado todo por delante. Pero no. He tocado el bolsillo izquierdo y he notado las puntitas de las antenas de los edificios. He tocado las dos torres más altas de la ciudad y la de la antena de televisión que se inauguró para los juegos olímpicos. He mirado y he visto el bullicio de todos los días, los coches, la gente que se apresura a llevar a los niños al colegio, los panaderos repartiendo su felicidad en forma de barras o panes gallegos. Todo. Todo había sido trasladado en previsión de las inundaciones. Incluso el centro social y la residencia de ancianos, con lo que cuesta eso y lo desubicados que se encuentran los pobres cuando los sacas de la comodidad de su sillón o su salón. Todo parecía estar en su sitio. Comienza un nuevo día y respiro aliviado.

05 octubre 2019

Este Jueves, Relato: La espera


Esta semana nos invita Molí del Canyer a hablar sobre la espera. Y se me ha ocurrido esto...


Se quedó toda la noche con los ojos abiertos. Romanos 8:25. Mirando al techo. Como tantas otras veces, pero sin Pepe encima. No le había dicho nada. Y aunque le hubiera dicho. Estaría roncando a su lado como ahora mismo. Miqueas 7:7. ¿Por qué se le había acercado ese hombre? No había visto que fuera a dejar al niño a la puerta del colegio como otras madres a esa hora. Tampoco se había fijado por dónde había venido. Entre el jaleo no lo había visto aparecer a su lado.
En realidad había sido muy correcto. Pero muy firme. De esas personas que dan la impresión de saber de lo que hablan. Había cogido la revista que le había ofrecido mi compañero. La había mirado un segundo y enroscado. De noche no se recuerdan las cosas como son. No recuerda que sonriera. ¿O tal vez sí? ¿Una sonrisa maliciosa?. Quizá justo después de susurrarle. No esperéis el cielo con anhelo, ni deseéis el infierno para el malvado. No hay más cielo, ni más infierno que este. Se dio media vuelta y se alejó despacio.
Un escalofrío le había recorrido la espalda. Romanos 8:24, Romanos 15:4…estaba amaneciendo. Se levantó en silencio. Se asomó a la habitación del niño. Su respiración era feliz y acompasada.
Pero hasta el sol, era ya distinto.

05 julio 2019

Este Jueves, Relato: Cine de Barrio

Esta semana nos invita Juan Carlos en su blog a hablar de cines de barrio. Ahí va mi pequeño corto.


Los que estábamos en la sala únicamente notamos un pequeño salto en la película. Estaba hablando ella, la protagonista. Después la cámara lo enfocaba a él y luego volvía a hablar ella, que volvía a decir lo mismo. Él ponía cara de póker. En la escena anterior Bill Murray se había declarado. Le había dicho que tenían que dejar toda esta mierda e irse a vivir juntos. Luego otra vez ella, y la cara de sorpresa de él. Y así estuvimos un rato. Hasta que los murmullos terminaron por no dejar oír lo que ella decía.
La gente comenzó a mirar hacia arriba, a la sala de proyección. Desde el ventanuco continuaban saliendo haces de luz de colores en bucle. Bill Murray y Andy Mcdowell seguían frente a frente su perpetua confesión.
Después se oyeron los golpes en la puerta. Todo quedó oscuro y se encendieron las luces. Hubo abucheos cuando Pepe entró con la levita desabotonada. Salgan. No se preocupen. Ha habido un pequeño incidente. A todos se les devolverá el importe de la entrada. Salgan, por favor.
Afuera, unos sanitarios se pertrechaban y entraban a la carrera. Mucha gente se marchó indignada. Yo me quedé a ver cómo sacaban a Juan. En la camilla, con todos aquellos tubos y la máscara me pareció mucho más pequeño. En la sala de proyección manejaba rollos y cables e interruptores con la misma soltura gigante que Jonh Wayne su Winchester.
De aquel paro cardiaco no se recuperaría el Coliseum que luego ardió. El polvo del derribo del edificio hizo el resto.
La ciudad, joven y bulliciosa, siguió con su run run continuo, siempre hacia adelante. Sin memoria. Sin historias de amor.

24 febrero 2019

Je Táime...moi non plus: Cierre de convocatoria

Bueno, pues ha llegado el momento de dar por terminada esta convocatoria. Espero que les haya gustado. Yo por mi parte he disfrutado muchísimo viendo la variedad de historias y de temas que ha desencadenado una canción, sensualidad, amor, humor. Ha sido todo un placer conducirles en este jueves y espero que nos podamos ver en los próximos.

Ahora paso el testigo a Ame, que a lo largo del día publicará su convocatoria. 

Repito, muchas gracias y nos vemos en las letras.

Besos y abrazos.

18 febrero 2019

Convocatoria para el día 21 de febrero

En primer lugar he de pedirles disculpas por el retraso en la convocatoria. Pero en cualquier caso ahí va.

En estos días hemos celebrado el día de San Valentín, los almendros están en flor y a estos lares está llegando la primavera. Y, precisamente se cumplen 50 años de la publicación de este pedazo de tema cuyo título y enlace les pongo al final. La historia es muy curiosa porque estuvo vetado en medio mundo y luego se ha convertido en una de las más famosas y versionadas del planeta. 

Pero aparte de eso, la historia del autor Serge Gainsbourg es de lo más curiosa, al igual que la de Jane Birkin, hasta el punto de que esta última inspiró un bolso de Hermés que lleva su nombre. 

Y sobre eso va la convocatoria de esta semana. De lo que les inspire esta canción, ese París que aparece en las imágenes y que también era el de Cortázar y García Márquez y Sartre y de Marguerite Duras, y de la pareja formada por Gainsbourg y Birkin...Deseo que les guste y ¡¡Les espero!! Con los tiempos y las normas de siempre...

Je t'aime... moi non plus 



01 febrero 2019

Este Jueves Relato: Cocinillas

En la convocatoria de esta semana nos invita Mar  a hablar de lo "cocinillas" que somos. Reconozco que me salto un poco el tema de la convocatoria con la historia que relato. Espero sepan perdonarme. También porque publico el viernes y casi no llego...En fin, ahí va. ¡Buen provecho!


El mundo de ahí fuera es un sitio hostil. No aquí en mi cocina. No cuando hago esas maravillosas magdalenas que llenan de un olor dulzón y dorado toda la casa. ¡Y tan esponjosas! Muchas veces cuando las termino, las arrimo y las estrujo contra mi cara cuando aún están calientes. Me como alguna y el resto las tiro. Con el pan hago lo mismo. Me acabo de comprar una panificadora en la web del Lidl. Y lo hago de todo tipo, integral, de espelta, sobado. He aprendido a hacer pastelitos de Belém, todo tipo de cremas pasteleras y dulces. Masas brisa, y con todo tipo de galletas y mantequillas. Roscones de Reyes. Al principio me salían duros y había que tirarlos, pero a base de insistir.
Con el resto de la comida me ha pasado lo mismo. Hago las más espectaculares recetas y los más tradicionales guisos. Ya he logrado que el cocido me salga como el de mi abuela, las gachas y las judías con chorizo como las de mi madre. Ahora he encargado por internet un sifón de nitrógeno para las espumas y una pequeña televisión para tenerla como acompañamiento mientras cocino. Cuando estoy muy cansada, bajo el volumen al tres, apoyo la cabeza en el frutero y me quedo dormida.  
Por las mañanas hago los platos más complicados porque estoy llena de energía y para la noche dejo que vayan pochando a fuego lento las legumbres y carnes más jugosas. Las quito al amanecer, al rato de despertar y justo antes de que llegue el pedido que hago a diario al supermercado del barrio. El chico ya me conoce y lo suele traer a las diez. A esa hora muchos días ya le tengo preparados unos túpers para que coman él y su madre. La puerta de casa está junto a la cocina y, hasta ahí puedo salir. Como al baño que también está en la planta baja. A veces el gato se mete conmigo y estamos juntos. Otras veces cuando estoy durmiendo se mete en la cocina al olor de la comida, aunque lo tiene prohibido.    

05 enero 2019

Este Jueves, Relato: El futuro en números


Comenzamos año, así que, desde aquí, lo primero es felicitarnos y felicitarles por ello. Espero que los hados les sean propicios en todos los sentidos. 

Y para empezar el año nos invita Cass a jugar con el futuro y con los números, con todo el significado y todo lo que implica eso. Pues bien, ahí va mi primera aportación del año. Espero que sean muchas más, a ver lo que da de sí el caletre. ¡Salud!

Fue al ver cómo una mariposa se colaba por una ventana de una de esas casas señoriales de la capital, cuando supe que mi destino estaba fuera de este lugar. Con el semáforo en rojo, conté desde el coche: era la tercera ventana de la izquierda, del número 3 de la Calle Serrano.

De camino a casa, iba en silencio. Pensaba en la mariposa. Seguramente entraría por un amplio salón. Se posaría dulce sobre una lámpara de araña que la señora habría comprado en un anticuario. Sus brazos serían su cobijo leve durante unos segundos. Si en uno de esos vuelos la viera la chica de la limpieza, abriría de par en par los ventanales para echarla de la casa. Pero si por un casual, la vieran los niños, tendría que volar por el largo pasillo, quizá colarse en la cocina o en alguno de los dormitorios o en la biblioteca, donde en sus altas estanterías no la alcanzarían los chicos. El chico querría cazarla para investigarla. No así la niña, que le diría a mamá que la cogiera para dejarla volar libre. La imaginaba, con sus vuelos cortos buscando un lugar que fuera definitivo para quedarse.

Anochecía cuando llegamos a casa. Estábamos cansados y nos tiramos en el sofá. No había nada en la televisión y Ana iba saltando los canales de tres en tres. Vayámonos, le dije. Haz una maleta y cojamos el primer vuelo que salga lejos, muy lejos. Tres de la mañana: Montevideo. Nos vale, ¿no? Sí, me contestó Ana.

Compramos los billetes, cogimos todo rápido, con la urgencia casi animal que dan los augurios por cumplir. Nos sonreímos mientras volaban por la habitación las prendas que nos íbamos a llevar. Cerramos rápido la puerta y notamos la corriente tibia de lo que dejábamos atrás.  

Era medio día cuando llegamos a Uruguay. Era primavera. Habíamos cogido desde Madrid un Airbnb en el Bulevar Aparicio Saravia para los primeros días. Luego ya buscaríamos todo, diríamos todo, en pequeños vuelos de tres segundos, como las mariposas.  

06 octubre 2018

Este Jueves Relato: Ritos iniciáticos

Este jueves nos invitaba Juan Carlos a hablar sobre ritos iniciáticos. Y aunque sea sábado y no sé si llego a tiempo...ahí va mi participación.




Mamá decía que la tía Carmen nunca había andado muy cristiana de la cabeza y que solo a ella se le ocurría salir a andar por los bosques a por grelos y berzas durante la semana santa. Y claro que traía grelos y berzas para los guisos. Pero también otras yerbas que escondía en el bolso de mimbre y nunca nadie veía. Y en viernes santo, salía y ya no regresaba en todo el santo día. Yo la esperaba despierta y, cuando se acercaba a mi cama a darme un beso, le preguntaba. Cuando seas mayor, mi niña, que tú tienes el don, me decía.

Y es que con el tiempo me dejó que la fuese acompañando a las visitas. No paraba de hablar durante el trayecto y me contaba que las oraciones se enseñan en viernes santo porque en otro momento no funcionan. Y las visitas han de hacerse en viernes santo para que hagan efecto. Y cada día yo me pasaba por su habitación. Tenía miles de frascos de muchos colores y yerbas. Algunos tenían nombre de santo: cruz de San Andrés para que no se yerme la madre, me explicaba; de San Gil para reponer virgos, bálsamo de Santa Quiteria, ungüento de Santa Marina…más santas que santos, me decía, para que te acuerdes bien de lo que te espera, niña, que las santas somos nosotras. Y me daba un pellizco. Para que despiertes.

Aun recuerdo el dolor de los pellizcos en el brazo y que cada vez que pasábamos por un cruceiro se escupía en la mano y tocaba su base. Yo lo sigo haciendo, y me santiguo. Ya se sabe, por eso de las ánimas, que también me enseñó.

A las ánimas benditas no te pese hacer el bien, que dios sabe si mañana serás ánima tú también…y seguíamos el camino.