18 julio 2025
Nochevieja
13 febrero 2025
Los mitones de Leo
Hoy los mitones verde lima que nos regaló Leonor estaban en la silla del pasillo. Este invierno apenas ha hecho frío unos cuantos días sueltos y Ana no se los ha tenido que llevar a la oficina para calentarse las manos mientras trabaja. Porque son de Ana. Leonor apareció por Aranjuez con mitones para regalar a todos los jueveros consortes que había allí reunidos en el encuentro anual. Lo pasamos bien entonces.
Igual que cuando estuvimos por Cádiz, su Cádiz y pasamos una tarde de diciembre con ella y su marido. En la plaza donde quedamos había una pista de hielo a pesar de la temperatura casi primaveral. Caía el sol rápido. Salimos del bullicio prenavideño para recorrer las calles del centro. Los naranjos estaban cuajados de azahar. Nos enseñó el Falla y La Caleta donde rompe el océano en mil pedazos blancos. Después tomamos un café. Está feo, dijo. Era cierto, no sabía a nada.
No paró de hablar de la obra de teatro que estrenaba, de su nieto, de sus hijas...de sus proyectos, de literatura, de escribir...de lo que va la vida. Para entonces ya estaba enferma y había comenzado de nuevo el tratamiento. Nos despedimos junto a la estación de tren, con la promesa de volver a vernos. Y nos dio unas mascarillas, aún de moda entonces para muchas cosas. De San Fernando, negras y con un cruz, una media luna y una estrella de David.
Ese mes de febrero, escuchando las chirigotas de Carnaval, nos acordamos de ella y de la foto en el Falla. Y le escribimos un whatsapp que nunca contestó y que, seguramente, (pienso ahora) quedó guardado para siempre en el cajón de los móviles viejos.
Quizá alguien lo leyera a destiempo y aún con un pellizco en el estómago, se cabreara o quizá pudo llegar a pensar en el cariño y la huella que Leonor dejó en nosotros a pesar de lo poco que la conocimos. Y todos los años, por febrero, una chirigota de carnaval y unos mitones verdes, nos hacen recordarla.
Este año, tampoco ha sido la excepción.
27 junio 2024
Solsticio
Por casualidad a las cuatro y veinte de
la tarde, levanté la mirada. Por casualidad a esa hora se te cayó o dejaste
caer, no recuerdo bien, el tirante del vestido de flores que llevabas. Pero volvimos a posar la mirada sobre los
libros. El motor del aire acondicionado sonaba fuerte en ese rincón aislado de
la biblioteca de letras. Su ruido continuo daba sueño y ganas de acurrucarse.
Te pusiste la rebeca sobre los hombros. Siempre la llevabas en el bolso para
estudiar porque en algunas salas hacía frío.
A eso de las cinco y media acabé el
enésimo repaso al temario para el próximo examen. Tú me dijiste que también
habías acabado tema y que podíamos bajar a tomar un café. En la puerta de
salida una bofetada sofocante nos recordó que estábamos en junio. Debíamos
atravesar rápido el patio de la facultad para ir a la cafetería, pero en lugar
de eso, giramos hacia la puerta de salida del campus y cruzamos hacia un parque
que había enfrente. Paseamos entre los tilos y las jacarandas hasta un banco
alejado en el último rincón del jardín. Me senté. Tú te sentaste sobre mí y me
echaste los brazos por encima. Noté cómo se te subió la falta hasta el límite
de los muslos. Miraste rápido hacia atrás y la volviste a bajar. No era el
momento. Reíste. Arrimaste el hombro a mi cara y con los dientes te deshice el
nudo del vestido. Saltó con facilidad, como deseoso y dejó al aire el tirante
transparente del sujetador. Miré por encima buscando el lunar que tenías encima
del pecho. Lo encontré y lo besé. Shhhhh…dijiste. ¿No te apetecía un café? Con
hielo, te contesté. Sonreías mientras volvías a atar el hilo de algodón del
vestido.
Tomamos el café rápido y volvimos a la
sala de historia antigua. A nuestros libros. La sala estaba prácticamente
vacía. Los exámenes estaban terminando, la biblioteca y la universidad sacaban
su verdadero rostro, el que no veíamos el resto del año: el de un desierto
amarillo, huero e inhóspito. La tarde caía lenta y anaranjada.
De repente oí un carpetazo. Tras el
respingo, levanté la vista y ahí estaban tus dos ojos de gato mirándome.
Recogimos todo lo rápido que pudimos y salimos de la biblioteca, del campus, de
la facultad, como huyendo de una quema. Con hambre.
Nos fuimos alejando del centro. No
había casi nadie por las calles y nosotros íbamos probando algún portal que
estuviera abierto, fuera lo suficientemente oscuro y nos conviniera. Tanteamos
los de un edificio moderno con los descansillos frescos de mármol. Subimos
hasta el último piso, pero lo desechamos al ver que estaba abierta la puerta
que comunicaba con la azotea. En otro de ladrillo rojo logramos que un vecino
nos abriera a la voz de “soy yo”. Pero salimos pronto al oír la puerta
que se abría y el ascensor que bajaba. Efectivamente estaría esperando a
alguien y bajó a buscarlo con la misma urgencia con la que tú y yo pasamos al
portal. Nos metimos en otro de unas viviendas sociales de esas de los años
sesenta, pero frente a frente en una pared, no dejábamos de escuchar gritos y
risas de niños, voces de madres llamando para la cena, padres gritones que
discutían con la televisión a un volumen muy alto. Mientras entrábamos o
salíamos de los portales, algún escarceo, beso, o roce se desgranaba fresco.
Reíamos y acelerábamos el paso por las calles, mientras el horizonte no
terminaba de tragarse al sol. Las sombras no eran suficientes. Apenas hablamos
en el trayecto. A veces íbamos cogidos de la mano. Tú tirabas fuerte. Yo
cargaba con la mochila llena de libros. A veces te tocaba un brazo perlado con
las primeras gotas de sudor. A veces, es agotador no follar.
Llegamos a nuestro barrio, cerca de
nuestras casas. A portales conocidos y ventanas de miradas indiscretas.
Ralentizamos el paso. Nos soltamos de la mano. Mirábamos al suelo. Volvimos a
hablar. Íbamos pisando una alfombra de flores de jacaranda, como esta tarde. Ya
no hacía tanto calor para nada. Nos sentamos en un banco y te devolví los
libros. ¿Sabes qué es hoy?, me preguntaste. Pues no, dije. El día más largo, la
noche de San Juan. Hay que hacer hogueras y quemar todo lo malo. ¿Bajarás luego
a la que hagan en el barrio? Pues no lo sé, me temo que a veces los sueños se
queman antes de cumplirse. Y nos despedimos. De lejos oí como sonaba el timbre
del telefonillo y se abría el portal, pero no pasamos.
Por cierto que este blog, cumple 19 años...mal que bien, los artesanos, seguimos al pie del cañón.
26 febrero 2024
A resguardo
Arrancar hoy ha costado un poco más. Seguramente por el frío y la sombra de la soledad que es alargada como la de los cipreses.
Desde
la calle se oyen las conversaciones tempranas y apagadas de los adolescentes
que pasan camino del instituto. Llueve y hace viento. Todos se tapan y protegen
como pueden.
Dentro
de la casa, suena como otro día cualquiera el tintineo de la cucharilla contra
el café caliente. Otro lunes en el que los autobuses forman atasco en el cruce
del final de la calle. Dos parejas pasan con los perros y, en algún sitio
alguien besará a alguien.
Siguen
pasando cosas a pesar de todo. A pesar de nosotros. Son cosas que pasan,
repetimos siempre mentalmente. El viento se ha llevado las nubes y ha salido el
sol. Como todos los días. Habrá más tormentas y habrá más frío. Otro invierno
seguro. Y habrá reparto de paquetes, pan caliente, café, seguirá la cháchara
del mundo (que diría Tabuchi). Nos llegarán lejanos sus ecos que apenas nos
rozarán porque estaremos ya a otra cosa. A resguardo, siempre que podamos. En
el sofá bajo la manta. Calientes siempre que podamos. A resguardo siempre que
podamos.
Pero
hoy todo funciona un poco peor, un poco más lento. Todo pesa un poco más. La soledad
es de plomo y a veces nos aplasta. Y tiene ese color: gris plomo, gris piedra,
gris musgo, como el que nos crece dentro muy a nuestro pesar y sin apenas
darnos cuenta.
31 julio 2023
Descanso (Dvorak)
A Dvorak le gustaba componer en las tardes de tormenta. Disfrutaba con una emoción infantil viendo acercarse las nubes, cirros, cúmulos y nimbos. Grises y morados con sus formas redondas. Al resto de la gente del pueblo le daban miedo y comenzaban a correr como si fuera 31 de julio, encerraban a las mulas, los arados, las gallinas y a los niños que corrían sucios por los andurriales.
Con las primeras acometidas, Dvorak cogía un gabán verde que
tenía y salía a esperar a los elementos. Y veía. Y escuchaba. Un relámpago y un
trueno. El sonido de las gotas al golpear contra el barro del suelo. Un par de
notas. El hueco que dejaban. Una corchea. Otro relámpago, otro trueno. El viento
que venía a unirse a la melodía. El grito de un aldeano. Las maderas del carro
que crujían en el camino de vuelta a casa de las labores del campo. El frío, la
soledad. De repente, el silencio. Y todo explotaba, los violines, los violonchelos
in crescendo, timbales, platillo y oboes que seguían el irregular ritmo del
agua y el viento. Las hojas de los árboles que se doblaban con la fuerza de la
música…viento, viento, el bajo. Una flauta travesera y un flautín distorsionan
el aire. Son el vuelo de dos pájaros rezagados. Llevan prisa de ciudad.
Al joven Dvorak se le moja la barba y el escaso pelo que aún
le queda en la cabeza. Se protege bajo los árboles que hay frente a su casa y
cierra los ojos. Hay un tono discordante. Abre los ojos sobresaltado. La obra
no es perfecta. Se ha formado una pequeña charca y un sapo ha croado. En un
segundo da al traste con todo. La lluvia furiosa ha dejado paso a una cortina
suave y fresca que apenas acompaña los pasos. Aquí, una fuga, piensa. Huyen las
nubes. Tendrían que descender los instrumentos por secciones, pero no termina
de verlo claro. El “croac” del sapo le taladra la cabeza y hace que casi olvide
todo lo que había memorizado antes. Mira a la charca y allí está. Quieto y
orgulloso. Creador.
31 mayo 2023
Lluvia
Pues parece que va llover,
dijiste. Un trueno hizo temblar todo. Primero uno, luego otro, y otro más…comenzaron
a caer goterones gordos de lluvia. Casi hacían daño. Abriste el paraguas azul
con las estrellitas de la Unión Europea. Por un instante, todo sobre nuestras
cabezas volvió a ser azul. Nos resguardamos. Me tengo que marchar. ¿Te dejo el
paraguas? No hace falta, contesté. Esto es una de esas tormentas que dura
apenas lo que una relación. El llavero que usas era muy grande para los
vaqueros ajustados que llevabas y te costó sacarlo. Pero al final entraste en tu
portal.
Comencé a andar calle abajo pegado a las
paredes de los edificios. Más gotas gordas y más lluvia. Paré en otro portal. Por
el asfalto de la calle comenzó a bajar un poco de agua de color parduzco. Luego
un poco más. Esto deja las calles muy limpias, pensé ingenuo.
El agua arrastraba pequeñas
piedras, hojas y otras partículas negras que no sabía lo que eran. La lluvia me recordaba a la que yo vertía sobre las macetas con una regadera, o la
de la ducha. Por la calle seguían pasando restos de cosas que antes habían
estado en otros sitios. Más ramas, más palos, papeles, quizás cartas de amor o
declaraciones de la renta antiguas que alguien habría tirado en el contendedor
azul del reciclaje. El cielo seguía violeta. Algunos curiosos miraban desde
detrás de los cristales. Alguien encendía una luz amarilla en un tercero enfrente.
La corriente era cada vez más
fuerte, pasaban más cosas, más grandes, a más velocidad sobre el agua marrón.
Ya he dicho el color, ¿verdad?
Y yo estaba parado, quieto a
resguardo, o eso creía, en un portal cualquiera con un número 27 dorado encima
y unos telefonillos Golmar viejos. Pensé en llamar para que me abrieran. Soy
yo, y pasar.
19 mayo 2023
Polvo
Drogarse es
un acto íntimo. Es como el mejor de los polvos. Y como ya no te gusta follar en lugares públicos, aunque lo has hecho (como drogarte) y te ha encantado esa
sensación de caza furtiva, la urgencia de buscar un lugar oscuro y la
penetración, de la aguja o de la polla, ahora buscas la paz de casa, un sillón
cómodo en el que derrumbarte y dejarte llevar.
Esperar a
que todo el mundo se haya ido de casa, para subir al piso de arriba. Ir a la
habitación que hace de despacho y a su librería caoba. Libros de Martín-Gaite,
Valle-Inclán, Tribuleac, Cartarescu, Shakespeare y, detrás, la cajita metálica
con los aperos, la jeringuilla y las agujas encapsuladas en su plástico verde.
Preparas el algodón, unas mini toallitas con alcohol que compraste en la
farmacia, muy prácticas para las pequeñas heridas, dijiste en su momento a los
niños.
Un poco de
polvo blanco en una cucharilla vieja de alpaca que tenía tu madre en la vieja
casa, que te empeñaste en traer de recuerdo y ahora hace las funciones de dosis
perfecta para funcionar. Viertes unas gotas de limón y prendes la llama del
mechero debajo de la cucharilla que empieza a borbotear y a licuarse. Te
recuerda al caramelo del fondo de las flaneras. Cada burbuja es pura magia
química.
Ya con la
aguja puesta, acercas la jeringa a la cucharilla y haces que absorba dócilmente
el mejunje pardo. Te bajas los pantalones y buscas la corva, pizcas con dos
dedos la vena y clavas el picotazo. Cruje la piel como una galleta rancia.
Aprietas el émbolo y desaparece dentro para siempre el líquido dentro del
cuerpo. Explota y se deshace todo alrededor. Dejas caer la jeringuilla, la
cuchara y los brazos. El gato mira raro y se agita. Todo es blanco, suave,
ácido y doloroso. Como el mundo, piensas. Y te duermes.
23 diciembre 2022
Siempre con bien
Freddy Kruger era San José. Una virgen María de los
chinos hacía de sí misma. Y el niño Jesús era un soldado inglés de la segunda
guerra mundial de Lego. Para el portal le robó a su abuela el monje que señala
con su varita el pronóstico del tiempo. Le había quitado el fraile y únicamente
estaba la estructura de cartón del fondo que era lo más parecido a un portal. Los
reyes magos eran tres playmobil, uno de ellos una chica con bata de veterinaria,
e iban sin camellos porque nos dijo que no los había encontrado entre sus
juguetes. Que su madre le había dicho que en el barrio había muchos, pero no de
esos de poner en el diorama. Hubo discusión entre los miembros del jurado, pero
Alfonsito se llevó el primer premio del concurso de dioramas de Semana Santa
del centro ocupacional. Quizá fuera el último año que se lo pudieran dar,
siempre pendía esa posibilidad.
Sonreía sin poder evitarlo con la medalla colgada
al cuello, un cuaderno de cuadritos y los rotuladores Carioca del premio en la
mano. ¿Puedo recoger ya? Repetía. Su madre saludaba a todo el
mundo con él cogido de la mano. Fuera sonaban las cornetas y tambores de la
procesión que ya se acercaba…
(Navidad somos todos y Navidad puede ser siempre)
09 julio 2022
Galga
El alarido del animal se oyó sobre la música flamenca que vomitaba la radio de un Citroen con todas las puertas abiertas, las palmas y cantos de tres o cuatro mujeres y hombres y los gritos de los niños que correteaban junto al camino de la estación.
Envueltos en una nube de polvo amarillo unos cuantos chavales rodeaban a una galga que se sostenía sobre tres patas. La cuarta pata estaba suspendida en el aire. Otros perros de la misma raza seguían correteando a la caza de liebres. La cosa no iba con ellos. Un chico moreno cogió a la galga coja en brazos para impedir que se apoyara. Se ha quebrao la pata, dijo uno. Si es que no estaba aún pa echarla a correr, grito otro. Que acaban de segar y está el campo lleno de piedras, comentaba otra. Todos hablaban mientras se iban acercando hacia donde estaban los galgos.
Quedaron al borde del camino el coche con las puertas abiertas y una señora de pelo blanco que estaba sentada en un banco. Calzaba unas zapatillas de paño azul y una bata de verano con flores amarillas y verdes. Le costó levantarse y le costaba andar. Desde la tierra todos la veían acercarse a paso lento gritando y gesticulando con los brazos en alto.
Todavía tardó un poco en alcanzar a todo el grupo que rodeaba al animal. La vieja se agachó, tocó la pata del bicho que dio otro grito y tiró un derrote para morderle sin llegar a hacerlo. Se incorporó, dio un bofetón al chaval moreno que aún sostenía a la galga y lo señaló con el índice. No vale pa na. Todas las arrugas de la barbilla se le marcaron en el gesto.
Miró a lo lejos. Ni un árbol. La vieja se volvió a agachar junto al animal, lo acarició y lo abrazó a la altura del cuello. Apartó un poco el collar con la bandera de España que llevaba. Había una elegancia tristona en la mirada de la galga. En el fondo tiés suerte, le susurró. Ojalá los idiotas estos hagan conmigo lo mismo llegado el momento.
Junto al antebrazo de la vieja sonó un crujido de rama. Apenas un segundo y todo se volvió a parar. Se levantó y suspiró. Tenía sudor en la frente. Los miró a todos y con sus pasos cortos y lentos se alejó de nuevo hacia el banco para sentarse.
Todo seguía amarillo y seco mientras el sol caía en silencio.
27 junio 2022
17 años y 2 días
23 septiembre 2021
Este jueves, relato: La mentira
Llevo mucho tiempo sin escribir. Por diversas razones, lo he ido dejando, pero no me parece justo abandonar el blog. Creo que de alguna manera me reclama, me interpela para que escriba y no lo haga desaparecer tras dieciséis años acompañándome. También los periodos de sequía se rompen con una primera gota, así que lo intento con esta pequeña participación en la convocatoria de MAG. Gracias por ella.
Llegas a casa. Huele a cocido y está la
televisión encendida. La voz del locutor retumba en toda la cocina. La mesa ya
está puesta, los cubiertos, unos vasos de plástico y los platos con sopa. Has
dejado las llaves sobre la mesa y quitado el volumen. Remueves y mareas un poco
los fideos. No los soplas.
— ¿Qué piensas? — me preguntas.
— En nada— y resoplo un poco sobre la
cuchara cargada.
29 enero 2021
Este Jueves, Relato: Amores imposibles
En la convocatoria de esta semana, nos invita Volarela a hablar de amores imposibles. No sé si llegaré a tiempo, pero ahí algo que se me ha ocurrido.
En el segundo estante hay una foto del
viaje que hicimos a los Pirineos. Agachaba la cabeza y cuando me volvías a
tirar del pelo, veía borrosa la imagen del gorro rojo de mi mujer y su pantalón
negro de la nieve. Yo apoyaba las manos en la pared. Entonces tú me lamías el
cuello y seguías empotrándome. Al correrte me agarraste los pezones y con un
suspiro te dejaste caer sobre mi espalda. Me volviste a recorrer con la lengua.
Te agachaste y te metiste toda mi polla en la boca. Cerré los ojos. No volví a
mirar la foto. Ni una litografía que habíamos comprado en otro viaje familiar a
Amsterdam. Al terminar me temblaban las piernas. Oí correr el agua en el baño y
la hebilla de tu correa golpear contra la madera del marco. Tu macuto estaba
junto a la puerta.
— Me tengo que marchar ya. Mi autobús
sale en media hora.
— Ya.
— No hace falta que me acompañes.
— Da recuerdos a tu mujer y cuida de tus
niños.
— Tú también. Hasta dentro de otros
veinte años — Y sonreíste.
Fuera caía la tarde. Más tarde te
imaginé en el autobús. Mirando por la ventana. A veces, volver puede ser triste.
17 diciembre 2020
Este Jueves, relato: Dulces
Este jueves nos invita María José Moreno en su Lugar de encuentro a hablar de dulces. Ahí dejo lo que he pergeñado.
El
chirrido del muelle del pomo despertó a la madre que dormitaba en la cama
después de la toma. Asomaba un pecho por encima del camisón de puntitos
amarillos. La abuela asomó la cabeza por el hueco de la puerta. Llevaba el pelo
cardado y tintado de peluquería y una bandeja mal envuelta con servilletas. Una
pirámide de pastas a punto de desparramarse asomaba por los huecos del papel.
— Os
he traído unas pastas de almendra caseras. Están recién hechas. —
Apartó
una botella de plástico con agua y las dejó sobre la mesa junto a la cama. El
olor de las pastas se mezcló con el dulzón de las cremitas y ungüentos de los
gemelos que dormían junto a su madre. Llevábamos años sin ver a la abuela. Por
lo que parecía, seguía haciendo todo tipo de dulces y pasteles en cualquier
época del año.
Se
acercó y cogió a uno de los bebés. Yo di un respingo en el sillón. Hundió la
nariz en el cuello del niño. Le besaba los bracitos, los pequeños muslos. Uno a
uno fue chupando los deditos de los pies. Sus labios fofos buscaban los
mofletes de los niños y demoraba los besos en la barbilla.
— ¡Qué
gorditos! Y ¡Qué encarnaditos! ¡Están para comérselos! —
30 octubre 2020
Este Jueves, Relato: La Muerte
Pequeña muerte
Todos los domingos por la tarde son una
pequeña muerte. En sentido literal. Está uno en su sofá tranquilamente viendo
algún partido de baloncesto, alguna serie o alguna película de estreno y de
repente piensa en el lunes, en la semana, en lo que tiene que hacer. No hace
falta que sea un pensamiento concreto ni elaborado. A veces un papel encima de
la mesa del salón, o una anotación en la pizarra de la cocina cuando te has
levantado a preparar café, es la chispa que hace romper toda la cascada de
pensamientos. Entonces el corazón se acelera. Parece que a uno le falta la
respiración. Siente uno como los pulmones se le hinchan y colapsa. Me han
contado, después una vez recuperado, que caigo a plomo sobre el suelo del salón
o de la cocina. Que no reacciono ni al agua en la cara, ni a los vahos, ni a la
respiración asistida que me ponen los sanitarios cuando llega la ambulancia o
me llevan al hospital. Unos tres entierros llevo ya. Tres veces que me han dado
ya por muerto y me han velado. A veces de lejos, como entre brumas, oye uno los
comentarios de la gente “pues que buena
cara que tiene” “parece que está
dormido” (joder es que creo que es verdad) “que hijo de puta que era”…
Pero creo que esta es la definitiva. Se
habrán hartado todos de tanto vaivén y de tanto gasto. A la cuarta va la
vencida. No me he percatado de los comentarios, no he oído nada y, tengo la
impresión de que llevo días aquí dentro. He comenzado a alimentarme únicamente
de la proteína que va entrando. Hace frío y se está húmedo. He recordado
determinada escena de Kill Bill. No sé qué día es hoy.
16 octubre 2020
Este Jueves, Relato: Hay un dios en mi sandwich
Esta semana nos invita Roxana a hablar sobre dioses en la convocatoria semanal. Ahí va mi relato de la semana.
Dios huele a vinazo. Los ojos cada vez
más achinados bajo el triángulo ese con el que a veces lo representan. Ya no se
le entiende al hablar. Parece que la lengua no le cabe en la boca como cuando a
un perro le pica una avispa en el hocico.
— ¡A tomar por culo! Treinta y una. Por hoy ya está bien. — dice el
príncipe de las tinieblas. Y arroja los naipes sobre la mesa de madera.
Le dice que no se preocupe por lo que
oiga esta semana desde su mundo. No diré
nada de que volviste a perder. En realidad el viejo llevaba mucho tiempo
sin ganar, pero seguía insistiendo. Todos los días en la taberna y una vez por
semana en la partida. A partir de las seis, el tabernero ya no le servía más
vino y cuando no había parroquiano al que arrimar la brasa, se acodaba en una
de las mesas del fondo y se quedaba amodorrado allí hasta la hora de cerrar.
Todos estaban de acuerdo en que había
que hacer algo, pero el mal carácter del viejo cuando se enfadaba iba
retrasando siempre los planes y las decisiones.
El demonio ya estaba cansado de ganarle
partidas y devorar destinos. Aspiraba a algo distinto. Quizá fuera el candidato
perfecto. Quizás no hubiera otro.
Se tendría que buscar un lugar para el
retiro del viejo desde el que no interfiriera. Nadie había pensado en ello, ni
siquiera dios cuando joven y vigoroso creía dominar el destino de todo.
Habría que inventar algún tipo de paraíso,
o infierno, lo que fuera pero en el que estuviera bien cuidado y atendido (por alguien
que lo aguante, añadiría el demonio) ¿Dónde se retiran los dioses cuando están
viejos y cansados?
08 octubre 2020
Este Jueves, Relato: Niebla
Este jueves nos invita Cecy en su blog a hablar sobre, con, por, en, entre...la niebla. Por ahí va, mi aportación.
Aquella mañana salieron todos de la casa y apenas se veía. Una espesa niebla lo cubría todo. Las farolas seguían encendidas pero su luz era poco más que una mancha naranja. Se suponía que los niños iban al colegio a esa hora, pero todo estaba en silencio y vacío en el pueblo.
Por
la carretera no se veía ningún coche, ni al lado, ni delante, ni detrás. Será la niebla, sonrío mamá. Y es que no
veía nada de nada. Los faros del coche alumbraban un pequeño trozo de carretera.
Como
todas las mañanas, mamá dejó a Javier y a papá en el sendero que llevaba al
colegio. Javier, cogió la mochila y miró extrañado.
—
Papá, no está el colegio. — dijo. — ¿Qué
haremos si no está el colegio?
—
¡Cómo no va a estar el colegio! ¡Anda, camina
que llegamos tarde!— refunfuñó papá. — Es la niebla.
Pero
iban avanzando y el colegio seguía sin aparecer tras la niebla. Tampoco se veía
el polideportivo ni la piscina cubierta en la que solían nadar los alumnos de
ESO.
Llegaron
donde tenía que estar la puerta del colegio, y efectivamente no estaba. Ni profesores,
ni niños alborotando en la entrada, en los pasillos o apresurándose porque
llegaban tarde. Nada. Y en ese punto ni siquiera la niebla.
—
¿Qué hacemos? — Y se miró en mi gesto de
incredulidad.
—
Pues nos vamos a casa. — Dije. Él sonrió.
Olíamos
a mojado. Sonaban los ruedines de la mochila sobre el pavimento. En algunos
sitios podíamos ir pegados a la pared, pero en otros no sabíamos. Cogimos la
avenida del parque que desembocaba en la plaza, luego, giramos a la derecha,
tras otra rotonda llegaríamos a casa. O eso creíamos. Debimos seguir más la
avenida o girar en un lugar que no era el correcto porque ese camino no llevaba
a casa. Allí no estaba nuestro edificio. Seguimos andando entre la niebla. —Me
canso, me dijo. — ¿Dónde estamos? ¿Cuánto queda?
—Ya
llegamos. —Pero no lo sabía. Miré el móvil. Uno por ciento de batería. Miré el
tiempo. Mañana también tendríamos niebla.
12 septiembre 2020
Este Jueves, relato: Monstruos
Este jueves, nos invita Neogeminis a escribir sobre monstruos. El tema da para mucho más y como tenía gana de ensayar un poco, ahí va mi aportación tardía.
Cuando entrabas al bar a veces podías
ver a alguno de los pequeños que corría a esconderse tras las cortinas de
canutillos que daban paso a la cocina al fondo. Se escabullían dentro dejando
sobre la mesa los restos de lo que estuvieran haciendo, un juego de dados, una
baraja de cartas, los despojos adheridos a la madera de alguna pieza que
limpiaban.
Eran cinco hermanos. Todos niños. Todos
pequeños. En la escuela no duraron porque los niños mayores pronto comenzaron a
lanzarles cosas, mientras que a los alumnos pequeños les daban miedo. Sobre
todo cuando el mayor de los cinco, enseñaba esos pequeños dientes puntiagudos
que tenía. Al segundo le faltaban dos y tenía un bulto en la nariz. El tercero
tenía cuatro dedos en la mano derecha. Perdió el índice al nacer y el dedo pulgar,
muy largo, era una tenaza de carne inútil. No lo dejaron aprender a escribir con
la mano izquierda. Estaba enamorado en secreto de Mariquilla que una vez en el
recreo se había dejado rastrillar el pelo con esas cuatro púas huesudas. Sus padres
al saberlo, le dieron a la niña un bofetón nada más llegar a casa y se fueron a
ver al cura. El cuarto no salía del bar porque apenas podía andar. No sé porqué.
Y a veces, gritaba tanto desde dentro que los alaridos se oían en la calle y en
todo el pueblo. Del quinto no se decía nada. La gente sabía que
había nacido porque lo había dicho el médico que asistió al parto.
Yo solía llegar a medio día y dejaba
encima de la barra la caja con la caza del día. Unos días había conejos, otro codornices
o perdices. El golpe seco hacía que volvieran a asomarse. Su padre tenía un ojo
pareciera que iba a salírsele de la órbita, soltaba un billete y unas monedas
sobre la barra y hacía un gesto con la cabeza hacia la puerta del bar. Era la
hora de comer.
25 junio 2020
Este Jueves, relato: Mudanzas
Este jueves nos invita Molí del Canyer a hablar de mudanzas y aprovechando que hoy precisamente mi blog cumple 15 AÑOS, que mejor manera de celebrar aniversario y cumpleblog que participando en una convocatoria juevera, con esto:


